Crónicas del invisible pez azul – 11 y 12

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Estuve a punto de gritar. No lo hice porque la escena continuaba y la noche aún no había empezado.

Por Jorge Guebely

En la entrega anterior, José Domingo se dirige a la casa donde está Norman Mejía. Según Álvaro, el estado del pintor era deplorable porque estaba a punto de pintar un cuadro que no terminaba de salirle de su fondo.

11

¿Había un mundo invisible que trataba de hacer visible?

Recordando la historia de Alejandro, llegué a donde Norman intentaba pintar un cuadro. Encontré la puerta entreabierta. Subí al segundo piso haciendo ruido, pero nadie me contestó. Al tiempo que ascendía las escaleras de cemento, descubrí abiertas todas las puertas y ventanas de la casa.

Entré al taller improvisado en el segundo piso. Norman permanecía sentado frente a un caballete, la tela en blanco, y observaba el mar a través de las ventanas abiertas. Me miró sin decir nada. Tuve la sensación de que no me veía sino que pedía auxilio con la mirada.

Me senté a una distancia prudente. Tenía ojeras moradas, la piel pálida y los ojos desorbitados. La atmósfera estaba caliente a pesar de las ventanas abiertas. Parecía el hombre más desolado y triste sobre la Tierra.

Después de algunos minutos de silencio, exclamó para él mismo: Nooo. ¿Por qué tener que llenar un espacio vacío si es tan bello? Se levantó de la silla visiblemente malgeniado, y lanzó el pincel contra una mesa.

Luego se dirigió a mí, y me preguntó: Jose, ¿Qué haces aquí? Le expliqué que Álvaro me había pedido que le trajera esos materiales de pintura. Puse la bolsa de papel al lado del caballete.

Se sentó de nuevo frente al caballete. Rezongó diciendo que Álvaro era el loco más loco que había conocido. Andaba con el cuerpo en este mundo y la conciencia en otro. Nadie conocía las leyes que lo regían.

Luego me miró, y me dijo: Pon las pinturas ahí –ya las había puesto en el lugar señalado-. Y agregó: Si quieres quedarte, quédate; si quieres irte, vete. Lo mismo me da.

Me quedé sentado en el mismo lugar guardando silencio. Observé cómo desplazaba de nuevo la mirada del lienzo al mar y del mar al lienzo.

Me pregunté qué intentaba mirar más allá del mar picado, del horizonte borroso y del cielo encapotado. ¿Había un mundo invisible que trataba de hacerlo visible? Debía ser así, de lo contrario, pintaría un mar picado, un horizonte borroso y un cielo encapotado.

Por las ventanas, vi algunos relámpagos intermitentes. Las nubes se revolvían poniéndose cada vez más oscuras. De vez en cuando, Norman farfullaba para sí mismo: ¿Por qué no te vienes, tormenta divina?

Le pregunté qué relación había entre el acto de pintar y la tormenta en el mar. Me explicó, sin dejar de observar la tela y el mar: Tan pronto la tormenta estalle, allí mismo aparece el cuadro en la plenitud de sus colores y líneas, un caos cromático para conquistar la armonía.

Me pareció extraña la explicación. Decidí observar el mar que estaba cada vez  más picado. Y como no sucedía nada diferente, le pregunté de nuevo, ¿Qué pasa si no se viene la tormenta? Según él, sin tormenta no había cuadro porque no había comunicación con lo sagrado.

De nuevo quedé sin comprender la respuesta. De un momento a otro, dejó de mirar al mar y a la tela en blanco. Se levantó nuevamente de la silla. Tenía el rostro congestionado del mal humor. Exclamó para él mismo: Esto tampoco va a salir hoy.

Para amortiguar su mal genio, le hice preguntas tontas. ¿Por qué mantenía las puertas y las ventanas abiertas? Si no le tenía miedo a tantos ladrones que había en la región Las mantengo abiertas, día y noche, para que las almas en pena entren y salgan cuando se les dé la gana, me respondió, aún enfadado.

Le insistí en que si él creía en las almas en penas y en fantasmas. Me respondió: Sí. De lo contrario, no podría ser pintor.

Lo miré con incredulidad. Explicó que algunos caribeños descreían porque estaban conquistados por el racionalismo europeo. La razón era el carcelero que les impedía ver al mundo en sus diferentes dimensiones. Yo soy proclive a la visión vitalista de Oriente, concluyó.

Las historias que me contó a continuación rayaban en lo inverosímil. Sólo creíble porque era él quien las contaba. En su voz, lo más incierto parecía cierto.

12

No te olvides que a los dioses les gusta la marihuana

Minutos más tarde, lo percibí más calmado, dispuesto a conversar. Tomó de nuevo la silla, la acercó a la mía, y se sentó frente a mí. Si quieres ver el mundo, tienes que liberarte de la razón, me aconsejó.

Le pregunté de qué fantasmas hablaba cuando afirmaba que salían y entraban en la casa. Si tú duermes aquí, me respondió, vas a oír voces que nunca antes habías escuchado. En este lugar, el viento habla, la noche canta, las estrellas conversan, el acantilado se ríe. El universo entero está en un permanente diálogo. Hasta las piedras, que parecen seres muertos, se despiertan, se mueven, bailan. 

Se limpiaba las manos con un trapo. En verdad, no supe por qué lo hacía, si las tenía limpias. Si tú duermes una noche en esta casa antigua, vas a escuchar voces sin cuerpos que se desplazan por los cuartos y atraviesan las paredes. Se ven almas luminosas flotando en la oscuridad. Hay gemidos ocultos en los cuartos. Un mundo aparentemente invisible se muestra a tus sentidos.

Se levantó de la silla. Tiró el trapo sobre la mesa. Pero si duermes una noche aquí y no ves nada, y no escuchas nada, quiere decir que estás encarcelado en las cuatro paredes de la razón. Sólo ves y escuchas lo que otros quieren que veas y escuches. En  ese caso, tú eres el verdadero fantasma.

Desde la mesa, se volteó hacia mí. Me miró como con la intención de decirme una verdad eterna: Liberado de las cadenas de la razón, el mundo en su plenitud aparece ante tus ojos. A pesar de algunas dudas, comencé a creer que había muchas verdades en su discurso.

Afuera, vi por las ventanas que el aguacero estaba pronto a desgajarse. Algunos tableteos de ventanas y puertas se hicieron más intensos por la fuerza repentina del viento. También el retumbo de las olas cuando se estrellaban contra el acantilado.

De pronto, un escándalo nuevo surgió de alguien que subía las escaleras. Unas veces mugía como animal prehistórico; otras, gruñía como mico del zoológico. Inquieto, pregunté por aquel nuevo ruido. Norman me respondió impasible y sin mirarme: Debe ser uno de los fantasmas de los que te he hablado.

Me aferré más a la silla. Miré a Norman quien se volteó hacia la puerta. Conservaba su impasibilidad. Nada lo perturbaba, ni siquiera los pasos que subían las escaleras y se acercaban al taller improvisado.

El fantasma, según Norman, abrió la puerta de un solo golpe. Una de las hojas se estrelló fuertemente contra la pared. Produjo la detonación de un tiro. Pero no era un fantasma sino Álvaro quien abrió con una fuerte patada porque traía las manos ocupadas.

Entró riendo a carcajadas. Hacía tanto escándalo que opacaba la algarabía del viento marino y el tableteo de las ventanas y puertas. Traía en sus brazos una bolsa de papel que cargaba como si fuese un niño.

No te lo dije que era un fantasma, dijo Norman dirigiéndose a mí. Álvaro nos mandó a comer mierda a los dos. Nos pidió que no lo jodiéramos porque, en este mundo, él era uno de los pocos que no sufría de esa enfermedad. Exclamó con soberbia: Este cuerpo lo tengo lleno de vida.

Se dirigió a la mesa donde colocó la bolsa. ¿Qué es esa vaina que llevas varias semanas intentando parir un puto cuadro y nada que te sale?

Abrió la bolsa y sacó media docena de cerveza. Le dijo a Norman que le había traído combustible para que siguiera esperando el momento de pintar ese cuadro. No joda. Ese cuadro tiene que salir porque tiene que salir.

Sacó a continuación un buen trozo salchichón cervecero con tres bollos de yuca, y los puso encima de la mesa. Consideraba que no sólo de alcohol y cebada vivía el artista. Todo eso para que no abandonara la idea de pintar ese cuadro que tenía atragantado en la conciencia. Un cuadro, pintado por un verdadero pintor como tú, no es más que un mensaje de los dioses.

Sacó después cuatro paquetes de cigarrillos y una cajetilla de fósforos. Todo eso lo hacía porque él estaba interesado en ver ese cuadro sobre el lienzo. Los mensajes que los dioses mandan a mis amigos, también vienen para mí, señaló.

Finalmente sacó una bolsa de plástico. La sostuvo en la mano como si la pesara. Preguntó a Norman si sabía qué era aquello. Como no había respuesta, aclaró que era marihuana, de la fina, de exportación, la traje directamente de la Sierra Nevada sólo para ti.

Se acercó a Norman con la bolsa en la mano. No te olvides que a los dioses les gusta la marihuana. No se le fuman porque no tienen pulmones. Uno es quien tiene que fumársela por ellos. Pero si lo haces, ellos te entregan el secreto de la vida. Y tú lo único que tienes que hacer es pintarlo sobre el lienzo.

Abrazó a Norman con mucha ternura. Lo abrazó tal vez porque le había visto el rostro de un expósito, de un ser sin pie en ninguna parte del universo. ¡No joda! ¡Qué difícil es ser un amanuense de los dioses!, indicó.

La manifestación de compasión espontánea en tan poco tiempo me conmovió. Me conmovía porque brotaba espontáneamente del fondo de la amistad, porque golpeaba los valores de una cultura euro-centrista fundamentada en el egoísmo, en donde la compasión no era más que una estrategia plagada de intereses.

Estuve a punto de gritar por la alegría. No lo hice porque la escena continuaba y la noche aún no había empezado.

 

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

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Jorge Guebely

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