Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

1280

Vengo del cementerio donde estábamos enterrando el cadáver de Álvaro Cepeda Samudio.

Por Jorge Guebely

El profesor y escritor barranquillero, Jorge Guebely, presenta en La Cháchara: ‘Crónicas del invisible pez azul’. Un apasionante relato sobre las vitales vivencias  de personajes de La Cueva: Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Eduardo Vilá, entre otros.

Los acontecimientos narrados oscilan entre la realidad y la ficción, todos con la intención de dar gracia y dignidad a los contenidos humanos de un Grupo que siempre será horizonte para las letras de Barranquilla y del Caribe. Vale la pena destacar que la novela aspira a un neo-romanticismo o romanticismo posmoderno ante los excesos y los desmanes de una literatura actual tan cerca del comercio y tan lejos del ser humano.

Por su parte, La Cháchara honra a sus lectores con este evento literario de un escritor nuestro quien, por vivir siempre por fuera, es poco conocido entre los barranquilleros. Sin más preámbulo, demos paso a la primera entrega.

Primera parte

1

Me llamo José Domingo, y acabo de entrar a mi casa en el barrio Olaya de Barranquilla. Vengo del cementerio donde estábamos enterrando el cadáver de Álvaro Cepeda Samudio.

De inmediato saqué mi máquina de escribir, una Remington viejita, y me instalé en la terraza del patio. Le pedí a mi mujer un termo lleno de café, un paquete de cigarrillos Piel Roja, y le solicité que nadie me molestara.

Minutos después, ella llegó con el termo y lo colocó sobre la mesa. Cuando vio la Remington, me miró con desconfianza, y me preguntó: “¿Qué vas a escribir?”. Le respondí: Las crónicas del Invisible Pez Azul.

Primero dudó, después preguntó: “Y… ¿eso qué es?” Le aclaré que era una historia vivida catorce años atrás con algunos miembros de La Cueva, entre los cuales, se hallaba el compadre Álvaro Cepeda Samudio.

Se quedó pensativa. Mientras ella reflexionaba, le agregué que todo el mundo tenía un invisible pez de color clavado en el alma y la única misión valiosa en la vida era descubrir el color de su pez. Era también un homenaje que le hacía a nuestro compadre, Álvaro.

Eleonora, así se llama mi mujer, me llenó un pocillo con el café del termo. Y mientras lo hacía, me preguntó: “¿Y qué tiene que ver el compadre con ese animalejo?”. Le expliqué que, gracias a él, yo había descubierto esa historia. Dudosa, me preguntó: “Y… ¿eso para qué sirve?”. De inmediato le respondí: “Para vivir, para saber qué es la vida”.

Mi mujer frunció el ceño. Con una cucharita, le echó azúcar al café y la revolvió. “Toma -me reprochó-, “ahora sí nos fregamos. Te volviste el filósofo del barrio Olaya, el Krishnamurti costeño”. Luego agregó: “No te olvides de escribir más hojas de vida para ver si consigues un trabajo digno. Ya ni siquiera traes lo de la comida”.

Dio media vuelta y se fue de nuevo al comedor. Oí su voz desde el interior de la casa: “Con esas historias, no se le llena la barriga a los pelaos”. Finalmente afirmó: “Aquí en Barranquilla, el único que vive cómodamente del cuento es el compadre Gabo”.

Silenciosamente le di la razón. Yo también sabía que las necesidades del estómago son apremiantes y no dejan espacios para los alimentos del alma. Sin embargo, yo tenía un compromiso con el compadre Álvaro, y conmigo mismo, de escribir las crónicas del Invisible Pez Azul.

Sin darle importancia a nada, seguí cotejando la Remington sobre la mesa. Pulsé varias veces algunas teclas para probar el grado de dureza. Observé la cinta bicolor: roja y negra. Coloqué una resma de papel a un lado y, al otro, borrador y lápices. Pensé: “Ya nadie me detendrá. Si no lo hago, me ahogo”. Miré al cielo, me froté las manos. Pensé de nuevo: “La suerte está echada”. Y comencé a teclear la primera hoja.

2

En la entrega anterior, José Domingo –el narrador-, se dispuso a escribir la primera página de las “Crónicas del invisible pez azul”. Lo hizo después de asistir al enterramiento del cadáver de Álvaro Cepeda Samudio.

Inicié el relato catorce años atrás en los predios del colegio donde cursaba quinto de bachillerato. En la hora del recreo, Jorge Viloria, un compañero de clase, se acercó a nosotros con un libro de Nietzsche bajo el brazo. Con soberbia, exclamó: “La felicidad del ser humano llegará cuando construyamos el súper hombre”. Nadie le respondió nada. Nadie le hizo caso.

En clase, el profesor de religión explicaba la necesidad de acogerse a leyes de Dios para vivir en paz con el universo y consigo mismo. Se detuvo al descubrir un cartel pegado en una pared del salón con un texto provocador de tono nietzscheano-costeño: “Dios ha muerto, estamos solos en el universo. ¡No jooodaaaa!”

Todos miramos a Jorge Viloria. El profesor lo tomó por el brazo y se lo llevó a las oficinas del Prefecto de disciplina. Lo mantuvieron en su interior por el resto de la tarde. Sólo por la noche salió visiblemente transformado en un estudiante taciturno y silencioso.

A partir de ese día, Viloria andaba solitario por todo el colegio. Las veces en que se revolvía con los otros compañeros, lo hacía en completo mutismo. Caminaba como un santo próximo a levitar.

El siguiente jueves, el Prefecto de disciplina entró intempestivamente al salón de clase. Invitó a todos los estudiantes a la confesión para recibir el sacramento de la Eucaristía en la Santa Misa del primer viernes del mes.

Viloria se levantó de su pupitre y fue uno de los primeros en dirigirse al confesionario. El murmullo de los estudiantes se hizo sordamente sonoro. “Es la primera vez que se confiesa en cuatro años y medio de estar aquí”, exclamó Ariel, uno de nuestros compañeros.

En su turno al confesionario, se arrodilló con dificultad. Lo vimos hacerse la señal de la cruz con torpeza. Su confesión duró apenas unos minutos. Salió de la iglesia arrastrando la mirada. Parecía un verdadero devoto.

En la Santa Misa del primer viernes, Viloria se dirigió piadosamente al altar para recibir la hostia. Daniel, un compañero bromista, me dijo al oído: “Ojo, ponle cuidado al incendio tan pronto le pongan la hostia en la lengua”. Pero no hubo incendio, ni siquiera humo. No hubo nada.

El siguiente lunes, Viloria apareció con una Biblia entre sus textos escolares. El libro sagrado reposaba sobre su pupitre. Resaltaba por el dorado de sus letras góticas y por el fino cuero de su portada.

Yo, quien estaba a su lado (los pupitres eran bipersonales), no podía quitar la vista de La Biblia. Jorge Viloria me sorprendió mirándola. Me dijo: “Toma, lee La Santa Biblia para que quedes en paz contigo y con el mundo”. Y la puso en mis manos.

Tan pronto abrí sus páginas, surgieron imágenes pornográficas. Mujeres desnudas, despampanantes, negras y rubias, macizas y delgadas. Todas en actitudes carnales y grotescas, mostrando al mundo el rostro de su intimidad. “Hazle el amor a una de esas mujeres y quedarás en paz contigo y con el mundo”, me dijo y se echó a reír en plena clase de religión.

Desconcertado por la burla con la Biblia, lo previne. Le aconsejé que lo guardara bien. Si el Prefecto de disciplina lo descubría, tenía asegurado la expulsión del colegio. “Ese cura nunca descubrirá mi secreto”, me respondió con soberbia y seguridad.

Le insistí en que ese tipo de imágenes estaba prohibido en el internado. El catolicismo del colegio era demasiado puro y tradicional. Me hizo una señal con la mano indicando que no le pusiera mucha importancia. Luego agregó: “No te olvides que gracias a la prohibición en el Paraíso, el mundo es mundo”.

Yo seguí mirando las imágenes pornográficas. Pasé una hoja, dos y tres. En la tercera, oí de  nuevo la voz de Viloria: “Hay un placer inexplicable en transgredir las leyes de los hombres”. Le devolví una mirada de desconcierto y admiración al mismo tiempo. Observé que reía y que tenía el rostro como el de Mefistófeles, en la obra de Goethe.

Seguí observando las imágenes pornográficas mientras el profesor de religión hablaba del pecado original. Pasaba páginas tras páginas completamente abstraído. De pronto sentí que Viloria me golpeaba con los pies.

Lo miré para conocer sus intenciones. Tenía el rostro cubierto con una expresión dramática. Me hacía seña con los ojos. Los torcía para que avistara la ventana del salón. Insistió varias veces. Igual, me seguía pegando con los pies.

Finalmente dirigí la vista hacia la ventana. Descubrí al Prefecto de disciplina observando lo que yo estaba mirando. Me quedé paralizado y lívido. Sin ninguna duda, momentos infernales habían tocado a mi puerta.

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Compartir.

Acerca del Autor

Chachareros

Chachareros es una invitación a que todos nos envíen sus artículos. La Cháchara los recibe con gusto

Los comentarios están cerrados