Crónicas del invisible pez azul – 9 y 10

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El invisible pez azul nada en el aire, se inspira en las arenas de Barranquilla y los acantilados de Salgar.

Por Jorge Guebely

La entrega anterior nos mostró a José Domingo conversando, por la primera vez, con Álvaro Cepeda Samudio. Además del reconocimiento, la conversación giró en torno a la literatura. Al final, se inició el tema de los profesores y la educación.

9

La educación es una máquina para fabricar bobales

Sentado sobre la silla de metal, y fumando el enorme tabaco, inició su reflexión sobre los profesores. Se expresaba con seguridad y con desparpajo. Esta sociedad está atestada de mamasantos.

Fumó y esparció el humo en el aire. Lo hacía con placer. Luego agregó: Esa maldita hipocresía no nos deja ser como somos porque siempre estamos aparentando.

Echó una mirada al tabaco como para cerciorarse de qué tanto había consumido. Para él, muchos profes no habían cumplido bien su función de educadores. Eran como esas bacterias que propagaban la enfermedad y no lo sabían.

Calló unos instantes. Volvió a mirar el tabaco. Echó la ceniza sobre un platillo de loza. ¿Tú crees que los bacilos de Koch sabían que eran los transmisores de la tuberculosis?

– No, no lo creo. Los bacilos ni siquiera piensan.

– Bueno, así son muchos profesores, ni siquiera piensan.

– No estoy de acuerdo– le refuté.

– Tranquilo, Jose. Es tu opinión– por primera vez me trató de ‘Jose’ y me sentí a gusto.

– Pero la tuya también es una opinión –lo tuteé con más confianza.

– Bueno, Jose. Entonces es tu opinión contra la mía.

– Entonces, ¿quién tiene la razón?

– No joda. Nadie tiene la razón porque todas las opiniones no son más que cascarones verbales –dijo sin darle mucha importancia al hecho de tener la razón.

– Y entonces, ¿cuál es la realidad?

– No joda, Jose, tú sí jodes. La realidad es que un muchacho entra sano a la universidad y sale doctor. Es decir, adoctorado. Entra con un lenguaje limpio y sale con un lenguaje afectado. El psicólogo hablará de fijaciones; el psiquiatra, de complejos. Y el médico saldrá con una letra insoportable que nadie la entiende, la que utilizará para vender medicamentos que él desconoce.

– Pero sale con mejores conocimientos –insistí.

– Es verdad. Sale profesional, configurado como una máquina. Ese es el caso en que el conocimiento no sirve para la liberación de la conciencia sino para su esclavización.

Fumó de nuevo, pero el tabaco se le había apagado. Encendió otro fósforo. Detrás de una bocanada de humo, dijo: Para serte franco, Jose, todos los colegios me parecen sospechosos.

Mira, dijo poniéndose de pies y manoteando. La educación es una máquina para fabricar bobales.

Fruncí el ceño. Y ¿quiénes son los bobales?, pregunté.

Se dirigió a mí. Lo vi muy cerca. Me miró a los ojos como para poner énfasis en lo que iba decir: No joda. Los bobales son los que se adaptan fácilmente para vivir satisfechos en un sistema que los vuelve mierda. Están destruidos y son felices.

Le sostuve la mirada. Y apuntando a los ojos, le dije: Es la primera vez que escucho esa palabra.

Sin embargo, este mundo está lleno de bobales, afirmó. Son los que viven y trabajan correctamente para sostener los pilares de un sistema que camina al revés.

Le confesé que, en tan poco tiempo, el mundo se me estaba poniendo patas arriba. Entonces me tendió la mano, me saludó con efusión. Ése es el verdadero camino, dijo. Finalmente, me abrazó.

Al momento de abandonar su oficina, me invitó esa misma tarde, a La Lonchería Americana. Dijo que allí se reunía una parranda de locos donde el más cuerdo era él. Son unos carajos que viven al revés del derecho, pero ese ‘al revés’ es el verdadero derecho de la vida.

Vi a la distancia el letrero de La Lonchería Americana. Pensé que era ese dorso de la realidad aparente lo que buscaba para entender mi desánimo por la posible expulsión del colegio.

Con el tiempo comprendí que la decisión de ir hasta La Lonchería Americana para encontrarme con Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Eduardo Vilá,  fue un paso más hacia el descubrimiento del invisible pez azul. Allí y esa tarde, se inició la verdadera aventura nocturna.

10

En La Lonchería Americana sólo encontré a Álvaro sentado frente a una mesa. Tenía una cerveza, un vaso en la mano medio lleno y una bolsa de papel. No joda, Jose. Menos mal que llegaste. Ya me estaba jodiendo la soledad.

Pedí una cerveza para amainar el calor.  Me ubiqué bajo un enorme ventilador de techo. Había muy poca gente en el salón. Tan pronto hice el pedido, le pregunté.

– ¿Qué haces aquí solo?

– Calmando el calor –me respondió.

Después me miró y me dijo: ¿Quieres venir conmigo a Salgar?

– ¿Ahora?

– ¡Sí, ahora!

– Y ¿para qué?

– Para llevarle estos materiales a Norman –dijo mostrándome la bolsa de papel-. Está en crisis. Hace varios días está a punto de pintar un cuadro pero no le sale. Y nada es más desolador que verlo en ese trance. Parece una vaca primeriza pariendo un ternero cabezón.

Abrió la bolsa y me mostró. Vi lo que había en su interior: polvo mineral de varios colores, aceites de linaza y brochas. Había otros materiales de pintura.

Poco después partimos a Salgar, un pueblo pequeño de pescadores que mira al mar. Viajábamos en el jeep descapotado y destartalado de Álvaro. En el camino, me prometió que volveríamos temprano. Había una razón: Gabo había vuelto de Caracas y lo primero que pidió fue un sancocho de pescado. Y ¿tú se lo prometiste?, le pregunté.

Eche, claro, me respondió mientras conducía por una carretera angosta y destapada. Y le encimé una pea para esta noche.

Agregó que era el mejor regalo de despedida para un amigo. El viernes siguiente se casaba con Mercedes Barcha en la iglesia del Perpetuo Socorro. Había que hacerle sentir la solidaridad de la amistad en las horas más difíciles.

Cerca de Salgar, vi el mar en la distancia, las olas agitadas por la brisa. Las nubes encapotadas ocultaban el sol de la tarde.

Álvaro detuvo el jeep en la plaza. Me pidió que me avanzara con los materiales de pintura. Yo voy a buscar unas cervezas, aclaró.

En el camino de la plaza a la casa donde estaba Norman recordé la historia contada por Alejandro Obregón en la Librería Mundo. La tarde en que, mientras él preparaba bocetos en el taller, lo sorprendió la visita de una mujer desconocida.

La señora portaba un paquete envuelto en papel grueso y amarrado con cabuya delgada. No superaba los cincuenta años vividos cómodamente. En su rostro había angustia. Se identificó como la madre de Norman Mejía.

A ella se le humedecieron los ojos. Movía la cabeza un tanto desconcertada. Confesó que no podía más con esa incertidumbre al tiempo que se recogía el pelo con una vincha de carey. Se quejaba de una y otra forma sin concretar nada. Alejandro la presionó: Cálmese, señora, y dígame a qué vino.

Entonces desamarró el paquete, lo desenvolvió y, del interior, surgieron dos telas pintadas al óleo. Alejandro las tomó en sus manos, las observó detenidamente. Sobre ellas, había imágenes extrañas: rayas agresivas trazadas con un dramatismo sorprendente, rostros al borde de la locura. Los colores cálidos encendían aún más las pinturas. Animales desconocidos con dientes de felino hambriento emitían rugidos extraños. Una poderosa energía vibraba sobre la tela. Una insólita belleza basada en la violencia destellaba en los lienzos.

Mientras Alejandro apreciaba las pinturas, la señora narraba el drama de su hijo. Había sido feliz en los Estados Unidos hasta los diecinueve años, hasta cuando se le metió el demonio de la pintura en la cabeza. Desde ese día incierto, decidió encerrarse en su cuarto sin ninguna razón aparente. Se mantuvo enclaustrado durante varios días. Cuando por fin entraron en la habitación, encontraron las paredes pintadas con imágenes demoníacas.

– Ajá, mi señora –dijo Alejandro-. Usted lo que piensa es que su hijo está poseído por el demonio.

– Sí, señor Alejandro. Yo quiero saber si es pintor o es un muchacho poseído por el demonio.

Alejandro se expresó con una sonrisa amable mientras le pasaba el brazo sobre los hombros. Le aclaró que Norman no estaba loco ni poseído por ningún demonio. Más bien lo invadía el dios de los pintores que se les metía en el alma, y los hacía aparecer como locos. Le pidió que regresara a casa. Lo que tenía allí era un verdadero pintor a punto de estallar.

La mujer lo miró desconcertada. Parecía descreer las palabras oídas, parecía estar dispuesta a creer sólo en lo que ella pensaba. De nuevo Alejandro le sonrió. Le pidió que se lo enviara al taller porque quería saludar las manos que habían pintado esos cuadros tan vitales.

La señora, desconcertada, envolvió los cuadros y, al salir, susurró bajando la cabeza: ¡Dios mío, este mundo está lleno de locos. Alejandro alcanzó a oírle el susurro. Cuando ella estuvo en la puerta de salida, le aclaró: Señora, usted no sabe al gran hijo que tiene.

Mientras yo subía con los materiales de pintura, pensé que estaba a punto de encontrarme con un gran pintor en el estado supremo de creación. Lo que descubrí fue superior a lo que había imaginado.

 

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

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Jorge Guebely

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