Crónicas del invisible pez azul – 7 y 8

497

¿Quieres saber lo que pienso de los profesores? –, dijo Álvaro Cepeda Samudio mirándolo a la cara.

Por Jorge Guebely

En la entrega anterior, José Domingo descubre la presencia del ciego Berlisa quien ríe a carcajadas leyendo El Quijote. Vuelve a su presente en el bus destartalado y observa que pasa por la calle Murillo. Continúa su descenso hacia el centro de la ciudad.

7

El loco más lúcido de la literatura

Mentalmente volví a la escena del colegio. Me vi al lado del ciego Berlisa. Me preguntó si yo tenía tiempo y le respondí que sí. Entonces me dijo: Ven, siéntate que te voy a leer el capítulo de los Molinos de viento. Se corrió a un lado e hizo campo para que me sentara.

Con la yema de los dedos, acariciaba la superficie de texto braille. Al mismo tiempo, leía en voz alta. Oía, por primera vez, las incoherencias del loco más lúcido de la literatura que surgían en la voz, un poco ronca, de Berlisa. Y los dos reímos a carcajadas.

Oí ese y otros capítulos más. Invertí toda la tarde oyendo los inolvidables acontecimientos de “El Caballero de la triste figura”. Al final, Berlisa me dijo: No joda, Viejo Jose. El mundo está al revés. Parece que hay que estar loco para ver la realidad del mundo.

Al día siguiente, fui a la biblioteca y pedí prestado el primer tomo de “El ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha”. El fin de semana, solicité permiso en el internado para irme a casa. Apenas llegué, saludé a mi madre y a mi padre. De inmediato me encerré en un cuarto para leer cómodamente las extravagancias del loco más sensato que yo haya conocido.

La semana siguiente, volví de nuevo a la biblioteca por el segundo tomo de “El ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha”.  Después, por “El Buscón”, de Quevedo. Otro día, pedí prestado “La fábula de Polifemo y Galatea”, de Góngora. La bibliotecóloga me advirtió: Cuídese de no volverse loco de tanto leer libros como le sucedió a Don Quijote. Le sonreí amablemente.

Mi padre, durante el almuerzo de un domingo, se dirigió a mí con actitud muy seria. Me preguntó si mi locura la había cogido de repente o si ya estaba loco y nadie se había dado cuenta. Él no entendía que, mientras los jóvenes de mi edad pensaban en novias, en fútbol y en carnaval, yo invertía el tiempo sumido en los libros. Mi madre me defendió: No te preocupes que esas son locuras de adolescente.

Le expliqué que no eran libros corrientes. Eran textos literarios, lecturas finas. En ellos, el espíritu se gratificaba, crecía y volaba. Mi padre me miró con conmiseración y concluyó: Ahora lo comprendo todo, dijo. Ya estás loco.

Y mientras seguía el curso de la cena, esgrimí varios argumentos para demostrarle que no había locura en la literatura. No me eches cuento, mijo, me respondió. Allá en Carlos Dieppa, donde yo trabajo, hay un vendedor que se llama Álvaro Cepeda Samudio. Es el que más sabe de literatura en Colombia. Por eso mismo, es el más loco de todos los colombianos.

Eso ya no tiene remedio, concluyó mi madre mientras recogía los platos de la mesa.

Varios días después, mi padre me llamó a la sala y me dijo: Le conseguí una cita con Álvaro. Luego agregó: Para que hablen de locuras entre locos. Me tomó la cabeza, y me la apretó contra su pecho.

Desde su pecho, le respondí: Gracias, Papá. Lo abracé con cariño. Sólo espero el momento de hablar con ese señor.

Una tarde me dirigí a las oficinas de Álvaro Cepeda Samudio. La secretaria del almacén Carlos Dieppa, la comercializadora de autos donde trabajaba mi padre, me indicó dónde podía encontrarlo. Yo debía tener una cara de pavor porque la señorita me dijo: No te preocupes que ése es pura bulla, no come gente.

Al entrar, lo vi sentado en una silla de metal, los pies sobre la mesa, de espaldas a la puerta. Leía concentradamente. Al mismo tiempo, fumaba un tabaco estrambótico, llenando la sala con humo y aroma de cigarro cubano.

Miré por la ventana del bus y era el momento de descender. Toqué el timbre y me levanté del puesto. Ya abajo, pensé: No niego que mi primer encuentro con Álvaro Cepeda se convirtió en un bombazo a las bases de mi cultura.

8

Soy feliz siendo Álvaro Cepeda Samudio

Buenos tardes, doctor, lo interrumpí. Se volteó hacia mí, me auscultó por unos segundos y me respondió: A mí no me mames gallo, que yo no soy doctor. Soy feliz siendo Álvaro Cepeda Samudio.

Lo miré de pies a cabeza, y me desconcertó la figura excéntrica. Especialmente la inmensa cantidad de pelo alborotado en la cabeza. Entonces rectifiqué mi saludo: Buenos tardes, don Álvaro.

No joda, me respondió de nuevo. Te digo que no me gustan esos títulos maricas. Si no me gusta el de ‘doctor’ que es empresarial, mucho menos el de ‘don’ que es agrario.

– Entonces… ¿cómo lo llamo?

– Como me llamo, Álvaro –me aclaró-. Es así como me llamo. Con ese remoquete ya tengo suficiente. No te olvides que todo nombre no es más que un remoquete.

Me reconoció tan pronto le dije que me llamaba José Domingo.

– Ah, tú eres el hijo de Cortés –dijo señalándome con el índice.

– Sí señor.

– ¿El que le gusta la literatura?

– Sí, señor.

– Tu papá me dijo que estabas enloqueciendo con la literatura.

– No sé, pero me gusta mucho.

– Y ¿qué mierdas estás leyendo?

– ‘El buscón’ de Quevedo –le pasé el ejemplar que tenía en la maleta. Lo tomó, lo colocó sobre el escritorio sin mirarlo, y me dijo:

– No leas tanta mierda del pasado. Al pasado hay que ponerlo en el museo. Visitarlo los domingos que es el día de descanso. En el resto de la semana, hay que leer a los vivos.

Me quedé pensativo. Incluso, mostré el desagrado con una expresión en la boca.

– Me parece que es uno de los mejores escritores de la historia –le insistí.

– Buena ésa, José Domingo –me respondió para mi sorpresa-.

– Me gusta que tengas carácter, que defiendas lo que te gusta, igual si es una mierda.

– Entonces… ¿por qué lo trata como si fuese una mierda?

– Porque es una mierda histórica, una literatura de museo, para profesores de colegio y universidades.

– Entonces… ¿cuál es la literatura que no es de museo?

– La que te dije, la literatura viva. La que se está escribiendo actualmente. La que no ha entrado en la memoria de la gente muerta sino en el corazón de los lectores vivos.

– Y ¿cuáles son los autores que usted dice?

– Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Anderson…

Debí poner cara de desconcertado porque siguió explicándome:

– Todos son gringos. Es normal, el país más podrido debe escribir la literatura más pulcra. Es una reacción normalita.

Cerró el libro que tenía en sus manos y me lo pasó.

– Toma, te lo regalo. Léelo que eso es mejor que pasar un año sentado en una banca oyendo el sonsonete de un profesor diciéndote maricadas.

Tomé el regalo, y leí mentalmente el título: ‘Me llamo Aram’. Leí también el nombre del autor, William Saroyan. No conozco el libro ni el autor, le dije. Le agradecí en silencio, especialmente sus palabras.

Mientras yo hojeaba el libro de Saroyan, Álvaro se levantó, fue hasta la ventana, y encendió de nuevo el enorme tabaco. Lo vi de cuerpo entero. Llevaba mocasines negros y sin medias. Lucía una camisa blanca, holgada y desabotonada. Los pantalones blancos flotaban en su cuerpo. El pelo en la cabeza surgía abundante, creando la impresión de que se le quería derramar sobre el rostro.

Cuando terminó de encender el tabaco, le dije un tanto inquieto: Usted nombró varias veces a los profesores en forma peyorativa.

– Mira, José Domingo, déjate de maricadas –respondió-. A mí no me trates más de ‘usted’ que tú eres el hijo de Cortés, por lo tanto, mi amigo. Y mis amigos me tutean.

Pensé que tenía disminuido el grado de importancia personal.

– Me impresiona la forma en que hablas de los profes –insistí.

– ¿Tú quieres saber lo que pienso de los profes? –dijo mirándome a la cara-. Espera y te lo cuento.

Se acomodó de nuevo en la silla. Fumó de nuevo el enorme tabaco y lo hacía con placer.

Mientras tanto, yo seguía caminando hacia a La Lonchería Americana. Pasaba por el almacén Tía y estaba a cuadra y media.

 

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

Compartir.

Acerca del Autor

Jorge Guebely

Los comentarios están cerrados