Crónicas del invisible pez azul – 5 y 6

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En el bus de los ciegos y los locos se llega a la literatura en Barranquilla. 

Por Jorge Guebely

En la entrega anterior, José Domingo descubre la razón por la cual quiere ir a La Lonchería Americana: allí debían estar Álvaro, Alejandro, Eduardo, Germán y los otros, tejiendo locuras desde la literatura. Sentía que sólo en esa locura podía soportar los desmanes de su posible expulsión.

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Metáfora de un bus destartalado

Tomé un bus destartalado de la línea Delicias-Olaya. Las latas brincaban sólo con el ronroneo del motor. Las cuerinas de los asientos se levantaban caóticamente por las múltiples tasajeadas. Los espaldares estaban poblados de rayones decentes e indecentes. Pensé: La ruina de este bus refleja mi propia ruina interior.

Me senté al lado de una ventanilla. Una ráfaga de aire húmedo, que venía de unas nubes revueltas que se elevaban, allá lejos, sobre el mar, chocó contra mi rostro. El frescor del viento influyó para que yo balbuceara, sin saber la razón: Vendrán tiempos mejores.

Apenas el bus subió con dificultad la colina de la calle 38, divisé, en la parte inferior, el colegio donde había pasado varios años. La conciencia la fije en las imágenes que fluían en mi mente. Vi al Prefecto de disciplina esperándome para contarle a mi padre mis perversidades. Me sonreí. También a Jorge Viloria en su nuevo rol de estudiante normal. Lo avisté levantándose de su pupitre y gritar, en clase de moral cristiana, justo en el tema de la fe, La fe significa renunciar a la verdad.

El descenso del bus hacia el centro de Barranquilla era pesado, y apestaba a gasolina. Por un momento, las imágenes mentales dejaron de fluir y comencé a verbalizar. Un diálogo conmigo mismo hacía ruido en mi conciencia.

– ¿A dónde vas?

– A La Lonchería Americana

– ¿Por qué?

– Porque allí deben estar Cepeda Samudio, Obregón,… Gabo, Figurita….

– Gabo no está porque vive en Caracas. Plinio se lo llevó a trabajar en la revista Momento.

– Pero él se casa el próximo viernes aquí en Barranquilla con Mercedes. Y para eso, debe estar presente.

– Figurita tampoco está.

– Ése debe estar perdido en Medellín al lado de su monja.

– ¿Y por qué vas allí?

– Porque es el único lugar del universo en donde ahora me sentiría bien.

Desperté del diálogo interior. Vi por la ventana del bus al colegio Barranquilla de varones; más adelante, la escuela de Idioma de la Universidad del Atlántico. Pensé: Aún quedan muchos paraderos para llegar a La Lonchería Americana.

Me acomodé mejor en la ventanilla del destartalado bus de madera. De inmediato, las imágenes comenzaron a fluir de nuevo en mi mente. Me pregunté cómo había ligado la amistad con Álvaro Cepeda Samudio. Enseguida me respondí: Por la literatura.

Apenas me dije literatura de inmediato oí en mi mente la voz ronca y fuerte de Julián Samper, el profesor de literatura. Lo vi y oí gritar en una de sus clases: Un 29 de septiembre, nace, brota, germina, surge, despunta, Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Lo vi en el salón. Se paseaba de un extremo al otro poseído por el flujo de sinónimos: Autor, creador, progenitor, generador, de la máxima obra jamás escrita en lengua castellana, Don Quijote de la Mancha.

Vi a mis compañeros dormitando por ser las dos de la tarde bajo un inmenso sopor. También vi al profesor cuando pasó por el lado de mi pupitre con la mano en la cintura. Una obra maravillosa, estupenda, increíble, extraordinaria, como ninguna otra en el mundo.

Viloria, quien estaba en el mismo pupitre conmigo, me susurró al oído: ¿Quién putas le diría a este man que es profesor de literatura?

Yo me quedé mirándolo a los ojos. Al mismo tiempo, rumiaba la pregunta. Y se me ocurrió una respuesta: La madre de él.

Viloria soltó una carcajada ahogada entre las manos. Me hizo señal con el dedo pulgar que había hecho un buen apunte. Después acotó: No joda, el amor de madre es la cagada.

Yo le respondí: , y el profesor me escuchó. De inmediato entró en cólera. Me exigió respeto por su clase. Me pidió, a manera de castigo, hacer una cartelera con los veinte mejores escritores de la tierra. Debía incluir sus obras, sus fechas de nacimiento y muerte.

Mientras el bus descendía al centro de la ciudad, pensé de nuevo: Ni el colegio, ni las clases de literatura, me sirven para mierda alguna.

Inicialmente no le encontré sentido a la tarea de la cartelera con nombres de autores, sus fechas de nacimiento y muerte. Pero ahora, cuando escribo las crónicas, descubro que sí lo había. Había un sentido secreto. Era el sentido secreto que teje clandestinamente el Destino.

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Decidí hacer la tarea un jueves por la tarde porque no teníamos clases y el colegio quedaba completamente solo. Me ubiqué en un salón, consciente del inmenso aislamiento. El silencio humano era tan sensible que apenas se oían las voces de unos niños que jugaban a tres cuadras del colegio.

Por el contrario, el momento me premiaba con la brisa que venía del mar, y removía las ramas de los árboles produciendo un hermoso concierto natural. Mejor aún era el susurro de los enormes almendros y guásimos que crecían en el patio. Los pájaros también hacían su fiesta con la diversidad de sus cantos.,.

La suave brisa creció con el correr de algunos minutos. De un momento a otro, ya estaba convertida en ventisca. El estrépito era mayor, sin embargo, agradable. El zumbido era más intenso sin provocar temor. Algunas ramas secas se partían y caían produciendo golpes secos.

De pronto surgió lo insólito: unas carcajadas resonaron fuera del salón. Agucé el oído para ubicar su origen. Pero no las ubiqué porque se habían silenciado. Decidí continuar con mi cartelera. Y de nuevo aparecieron las carcajadas compitiendo con el zumbido del viento.

En las terceras carcajadas decidí salir del salón con el fin de resolver el misterio. Fui hasta el salón del lado y estaba solo. Busqué en un tercer salón e igualmente lo encontré solo. Busqué en todos los salones y todos estaban solos.

Solos estaban también el salón de profesores, los baños y los corredores. Y ahora, las carcajadas no cesaban de resonar. Cada vez más fuertes.

Decidí salir al patio donde estaban las canchas de basquetbol y volibol. También había unas mesas de granitos complementadas con bancas de cementos. Las mesas tenían tatuadas los tableros para jugar ajedrez o damas.

En unas de esas bancas de cemento, descubrí el misterio. Vislumbré a un ser humano, sentado de espaldas hacia mí, inclinado sobre la mesa. De tiempo en tiempo, erguía su cuerpo para reír a carcajadas, pero luego volvía a su posición inicial.

Me acerqué sigilosamente hasta quedar prudentemente al lado del hombre que reía a carcajadas. Descubrí que era el ciego Berlisa, un estudiante de último año.

Me mantuve en silencio. Lo vi entusiasmado acariciando los puntos en altos relieves del método braille. Un texto parecido a un montón de fichas de dominó. Entre toque y toque, explotaba en carcajadas.

Apenas unos segundos después, Berlisa cerró súbitamente el libro y dijo, volteándose hacia mí, Qué quiere el joven. Guardé silencio. Debí poner una cara de desconcertado.

Como no le respondí, me hizo la misma pregunta por segunda vez. Ahí sí le contesté: Nada. Insólitamente me reconoció por la voz y me saludó por mi nombre: ¿Qué hace el joven José Domingo en estas soledades?, me dijo.

Nunca indagué el mecanismo que Berlisa tenía para sentir la presencia de alguien. Tampoco el mecanismo para reconocer la voz de un alumno en particular entre trescientos que había en el colegio. Además, perteneciente a cursos inferiores.

Me acerqué más a su lado. Le puse una mano en el hombro y le pregunté: ¿A qué se deben tantas carcajadas?  Y me respondió poniendo los dedos sobre el texto braille: Estoy leyendo El Quijote de la Mancha.

Sin darme cuenta, se me estaban abriendo las puertas del territorio literario. Volví a mirar a través de la ventana del bus y observé que seguíamos avanzando por la carrera 42 con la calle Murillo. Cada vez estaba más cerca de La Lonchería Americana.

 

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

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Acerca del Autor

Jorge Guebely

1 comentario

  1. Ariel Arteta el

    Jorge.Abrazo fraternal. He leído las entregas de tu novela. encuentro en lo narrado una total transparencia de algunos personajes. El de la mirada inquisidora del Prefecto de Disciplina me es familiar. No así el de Jorge Viloria. Su pensamiento y su filosofía no eran visibles en aquella Institución Educativa de frondosas ceibas y amplias avenidas.
    Recuerdo los hermanos Barliza con claridad como también las bancas. Acaso describes un espacio bien conocido o es fruto de la imaginación del autor?.El viejo bus de Delicias Olaya donde dabas riendas sueltas a tus pensamientos creo que bajaba por la carrera 41. Bye. José Domingo. .