Crónicas del invisible pez azul – 3 y 4

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Vete de este mausoleo. Afuera tienes la posibilidad de la vida. Aquí sólo tienes asegurada la muerte.

Por Jorge Guebely

La entrega anterior deja a José Domingo, el narrador, en condiciones embarazosa. Mientras se deleitaba observando las imágenes pornográficas, recopiladas en una falsa Biblia, el Prefecto de disciplina lo observa desde la ventana del salón. Se expone, quizás, a la expulsión del colegio.

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Expulsión de un falso paraíso

Automáticamente cerré la Biblia con las imágenes pornográficas. La cubrí con mi cuerpo para que el Prefecto no se percatara de la burla. Entonces, me miró fijamente a los ojos. Le sostuve la mirada sin saber por qué razón. Tal vez por el miedo. Él también me sostenía la mirada pero en forma inquisitiva. Finalmente me llamó haciendo señal con el índice de la mano derecha.

Ya frente a él, su mirada inquisitiva me hundió en un hueco sin paredes. Yo sólo bajé la cabeza. Y sin esperar un segundo más, me hizo la primera recriminación. ¡Sucio!, me gritó. Y repitió: Sucio, sucio, sucio.

Guardé silencio. Me dediqué a mirar una hormiguita que pasaba por mis pies. Pensé: Dichosa esa hormiguita que no tiene Prefecto de disciplina.

Mientras tanto, oí la voz del Prefecto: Usted es una porquería con aspecto humano. El silencio fue mi respuesta. Me puse en actitud de cabizbajo.

¿De dónde sacó esa inmundicia?, preguntó visiblemente mal humorado. Nuevamente el silencio fue mi respuesta. Pensé: Jamás delataré a Viloria.

De nuevo, oí casi la misma pregunta pero con peor genio: ¿De dónde sacó esa porquería? De nuevo, el silencio fue mi respuesta. Me llevé las manos hacia atrás y comencé a entrecogérmelas.

Por tercera vez, exclamó, ¿dígame de dónde trajo esa basura? Por tercera vez, yo no respondí. La hormiguita ya había desaparecido de mi vista. Sentía las manos mojadas por el sudor.

Usted es una oveja negra que lleva el pecado en la sangre, me dijo. Luego me tomó por el mentón y me levantó la cara. Míreme a los ojos, me pidió de muy mal humor. Si tiene algo de vergüenza, míreme a los ojos, insistió.

Le miré los ojos y parecía echar chispa. El furor se los había crispado. Por miedo, cerré los míos. No sea cobarde, me dijo. Ábralos y míreme de frente, insistió.

Pero yo los mantuve cerrado. Entonces sentí un golpe en la nariz. Me pegó con el mismo dedo índice con el cual me había llamado. El golpe no fue tan fuerte para sangrar pero sí para producir dolor.

Se me soltó un ay ahogado y me tapé la nariz con la mano. Volteé la cabeza hacia abajo en señal de dolor. Entonces oí nuevamente la voz del Prefecto: Tome sus libros y regrese esta tarde con su acudiente. Entendí que era el principio de una expulsión segura.

Inicié mi proceso de expulsión. Volví al salón por mis libros, y no encontré a Viloria en su puesto. Salí rumbo a la puerta principal. Cuando atravesaba la zona de las ceibas gigantes, apareció de repente Jorge Viloria.

Estaba escondido detrás de uno de los troncos gigantes. Saltó como el lobo del cuento de caperucita roja. Había alegría en su rostro. ¿Por qué estás tan alegre?, le pregunté. Porque te van a expulsar, viejo Jose, me contestó con seguridad.

No daba crédito a sus palabras. Mientras tanto, me tomó por los hombros. Me sacudió varias veces. Debes estar alegre, me dijo. Yo seguía sin entender nada. Y ¿alegre como por qué razón?, le pregunté. Ay, pendejo, porque te van a echar del colegio, me respondió.

De la rabia, le lancé un puño para pegarle en la cara, pero él lo esquivó. Le lancé un segundo, pero sólo le pegué al aire. Cuando me preparaba para el tercer puñetazo, me tomó por las muñecas. ¡Calma! ¡Calma!, me gritó varias veces. Luego agregó: No ves que hoy es tu día de suerte.

Dejé de forcejear. Le pedí que me soltara. Yo no estaba contento con lo que me había pasado. Esas viejas en pelotas sólo me habían traído mala suerte. Y él me respondió: No. Todo lo contrario. Te trajeron la mejor de la suerte.

Entonces lo miré serenamente a los ojos. Viloria me respondió de la misma forma. Encontré un espacio propicio para conversar. ¿Cómo así que me trajeron la mejor de la suerte?, le pregunté. Por supuesto, me respondió, hay que mirar siempre el lado invisible de los acontecimientos.

Lo miré desconcertado. Con la mirada, le dije que no lo entendía. Entonces me dio una explicación sorprendente.

4

Los ojos de lucifer

Calmado, me senté sobre una de las tantas raíces gigantes de las ceibas. Viloria se sentó a mi lado. Sus ojos brillaban de entusiasmo. Pensé: Le brillan los ojos como los de Lucifer.

Hubo un silencio balsámico que me calmó el enfado. Finalmente le pregunté: ¿Cuál es el lado invisible de esta segura expulsión? Y me respondió de inmediato: La liberación.

-¡La liberación!

-¡Sí, la liberación!

-¡Y ¿de qué me voy a liberar?!

Primero mantuvo un silencio. Después, me respondió con seguridad y prepotencia: De esta vergonzosa curamenta.

Se levantó de mi lado y decidió dar vueltas ante mí. Estos curas viven aún en el régimen feudal, explicaba mientras daba vueltas. Todavía no han sido capaces de entrar a la modernidad, concluyó.

Yo guardé silencio. Las campanas tañeron a lo lejos para indicar la hora del recreo. El ruido de los alumnos en libertad se hizo más intenso. Te vas a liberar de los  rezos mecánicos, continuó, de las oraciones sin vida, de las clases disecadas, de las misas sin dios, de las confesiones para escapar de clases,

Viloria hizo otro momento de silencio. Entonces, la baraúnda del recreo tomó la forma de un jolgorio estudiantil. Algazara que fue interrumpida por una conclusión sentenciosa de Viloria: Pendejo, te vas a liberar de la muerte.

Viloria dejó de dar vueltas y se paró frente a mí. ¿Sabe, viejo Jose, por qué en este colegio todas las vainas son mecánicas? Le respondí que no sabía, que no tenía la menor idea. Marica, él mismo se respondió, porque dios ha muerto.

La exaltación se apoderó de Viloria. Se subió a la cresta de una raíz gigante. Parecía un cura apoderado de un púlpito. Semejaba a Zaratustra predicando a los ignorantes del desierto. El tono de su voz era elevado, pero su vocabulario sí era costeño: Jueputa. Dios ha muerto y estos curas no lo saben. Están adorando el cadáver de un dios que nunca existió. Enterremos una mentira histórica para que surja la vida.

Luego se dirigió a mí. Me gritó desde su altura: Vete de este mausoleo. Afuera tienes la posibilidad de la vida. Aquí sólo tienes asegurada la muerte.

¡No me jodas con tus cuentos filosóficos!, le recriminé. Poseído por la ira, pateé una piedra tan grande como una bola de trapo. Rodó como cuatro metros. Y, a pesar del golpe, no sentí dolor en el pie. Seguí mi camino hacia a la puerta del colegio.

Arrastraba los pies y llevaba la cabeza mirando al suelo. A mi lado caminaba Viloria mucho más calmado. ¿Vas para tu casa?, me preguntó. Le respondí con un rotundo No.

Me miró desconcertado. Se adelantó y se paró delante de mí. Y a dónde vas, me volvió a preguntar. Pensé un momento la respuesta pero finalmente le dije: Voy a la Lonchería Americana.

¿A la Lonchería Americana?, repitió la respuesta pero en forma de pregunta. Sí, le respondí secamente. Entonces me tomó por el brazo: ¿Y qué vas a hacer en la Lonchería Americana? Lo miré al rostro y le respondí como si quisiera lavarlo con mi respuesta: Ninguna mierda.

Aplaudió haciendo un enorme jolgorio. Daba saltos como un niño alegre. Desconcertado, le pregunté: ¿Y por qué razón te pones alegre? Entonces me dio una respuesta un poco insólita: Porque cualquier mierda que hagas por fuera siempre será mejor que las sandeces que haces aquí adentro.

Se subió de nuevo a la cresta de una enorme raíz de guásimo. Llenó los pulmones de aire y  gritó: ¡Viva la mierda que nos libera de la estupidez! Yo sólo atiné a gritarle: ¡Estás loco, loco de remate!

Sumido en esa euforia, me acompañó hasta la puerta del colegio. Me quitó los libros Porque, me aclaró, afuera es donde está la vida y para entender la vida no se necesita ningún libro.

Yo salí del colegio. Él se quedó detrás de las rejas del portón. Cuando hube caminado unos diez metros, me gritó: ¡Ojalá nunca regreses!

Volteé la cabeza. Lo vi detrás del portón diciéndome adiós con su mano. Le hice pistola. Él me aplaudió. Pensé que, a pesar de sus locuras y sus actitudes insólitas, era un compañero auténtico.

La palabra ‘locura’ me trajo a la memoria la imagen de Álvaro Cepeda Samudio, y la de Alejandro Obregón, y la de Eduardo Vilá, quienes eran unos verdaderos locos. Entonces descubrí la razón por la cual quería ir a la Lonchería Americana. Allí debían estar tejiendo chifladuras. Lo hacían casi todas las tardes a esa misma hora.

Fue allí donde se inició la verdadera búsqueda del invisible pez azul.

 

Ver las crónicas anteriores:

Crónicas del invisible pez azul – 1 y 2

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Jorge Guebely

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