Arenas movedizas

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El país se cae a pedazos por la corrupción, en Barranquilla hasta el alcalde camina en las arenas movedizas de una ciudad que pierde tejido social.

Por Jairo Parada

La semana que pasó no solo sigue mostrando el frágil tablero del ordenamiento internacional, aunque en algunos temas Trump parece atemperarse, sino que nuestro escenario nacional se enloda en arenas movedizas. La temática de la corrupción por un lado, la cual nace de nuestra estructura de poder central negociada con élites regionales muchas veces corruptas y clientelares, revela la naturaleza compleja de la naturaleza humana, hace más de un siglo explicada por Thorstein Veblen cuando señalaba que en nuestra psiquis humana anidan siempre conductas predatorias que se desatan según el entorno.

Lo de Odebrecht es una historia de búsqueda de poder y dinero, sin detenerse en la validez de los medios. Aquí no se salvan los partidos de las élites políticas colombianas, ni del lado del santismo ni del uribismo. Parece que los elefantes se metieron en las campañas y nadie se dio cuenta. Da risa un poco el fiscal cuando señala su impotencia jurídica de investigar este hecho grave de la violación de las leyes electorales.

No creo que haya un ciudadano en Colombia que crea que nuestro inútil Consejo Nacional Electoral vaya a hacer algo. La candidatura de Vargas Lleras, a pesar de abusar descaradamente del presupuesto público por casi tres años, con ministros a bordo, parece naufragar ante el poco respaldo de la coalición santista y el fracaso de unas 4G que no despegan por ningún lado, volviéndose una suma de proyectos inconclusos. Ministros y viceministros se ven implicados en hechos que revelan los intereses ocultos de muchos negocios.

Mientras tanto, la fragilidad del Estado colombiano se sigue revelando en las áreas rurales donde se está definiendo la paz de este país. La matanza sistemática de líderes sociales, la pobre preparación de las áreas de recepción de los guerrilleros que se desmovilizan y la creciente ocupación de áreas rurales por parte de grupos ilegales revelan a un Estado que no es capaz de neutralizar lo que ya se había previsto. En Colombia, si el Estado no ocupa un territorio, otros lo hacen y ejercen el poder. Ello puede poner en peligro los beneficios del proceso de paz y llevarnos a nuevos senderos de violencia.

Pero si las noticias nacionales no fuesen suficientes para preocuparnos, a nivel local, empezamos a ver que, pese a algunas medidas positivas para frenar los atracos, no se observa una política coherente para enfrentar la inseguridad en la ciudad. Ya atracan en parejas de motos y en taxis zapaticos, para resolver lo del parrillero, y no solo el Sur es azotado por este flagelo, sino el Norte, como ha pasado en varios edificios y en MacDonald de la 51B.  Este problema multicausal de la inseguridad sabemos que tiene raíces sociales en la falta de oportunidades en una ciudad agobiada por la informalidad, por la falta de intervenciones sociales en políticas públicas, pero además, por incursiones de bandas de otras regiones del país y el crimen organizado del microtráfico.

Hay una crisis de valores en los jóvenes de estratos medios bajos y bajos, y parece que el modelo de ser ‘bandido’ pretende imponerse. Con 200 bandas juveniles en Barranquilla y 70 en Soledad, el futuro de los barranquilleros no parece promisorio. La Encuesta de Pulso País ya muestra que ello le pasa factura al alcalde Char, pues su nivel de aprobación bajó al 62%, viniendo en picada. ¡Hay que salir de estas arenas movedizas! No todo parece ser concreto. Se impone un viraje.

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