¿‘A lo Oscuro’, ‘Te olvidé’, ‘El viejo Miguel’ o ‘En Barranquilla me quedo’?

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El cierre dominical del XI Carnaval Internacional de las Artes en el Parque Cultural del Caribe se prestó para que, fuera del escenario, se diera esta sana reflexión sobre la que debería ser la canción insignia del Carnaval. 
Por Rafael Sarmiento Coley

Los barranquilleros y visitantes que se gozaron los carnavales de los años 50 y 60 recuerdan con emoción la canción que más se escuchó y bailó en aquellas calendas, la de Ángel Viloria y su conjunto típico cibaeño, ‘A lo oscuro’.

3 Saba Anglana

Saba Anglana, la bella y sensual somalí, hizo una fabulosa puesta en escena de su talento como cantante y actriz.

No era aquel un grupo de grandes pretensiones. Era sencillo, típico de la popular zona del Cibao. Ángel Viloria era el líder, director y acordeonista; el saxo tenor era Ramón García; Luis Quintero en la tambora y la voz irrepetible para ese ritmo pegajoso del afamado Dioris Valladares, quien también acompañaba con el güiro. Con temas como ‘Consígueme eso’, ‘La empalizá’, ‘Eroina’, entre otros, el pequeño grupo no solo se impuso en el gran Caribe que nos une a todos, sino que ancló en Nueva York marcando un hito con su música popular.

2 Gilberto Marenco, Roberto Pombo y Rafael Sarmiento.

Gilberto Marenco, Roberto Pombo y Rafael Sarmiento, colegas que compartieron en Diario del Caribe, El Heraldo y El Tiempo.

Esa historia fue puesta en escena este domingo en el Parque Cultural del Caribe en el cierre del XI Festival Internacional de las Artes, que de este manera quiso rendir un homenaje póstumo al consagrado músico, Ángel Viloria, quien aportó uno de los temas considerados icónicos en la discografía carnavalera. Y ‘A lo oscuro’, con todas la de la ley, se debate entre los que se consideran deben ser himnos del Carnaval, compitiendo con el célebre ‘Te olvidé’, del maestro plateño Antonio María Peñalosa, ‘En Barranquilla me quedo’, del inmortal Joe Arrojo, y ¿por qué no? ‘El viejo miguel/que ahora se va usted/solito pa’Barranquilla’, de Adolfo Pacheco Anillo, quien hace años se vino de su San Jacinto natal y ancló en esta tierra que lo quiere como su hijo adoptivo. Aquí fue diputado, secretario de la Asamblea, y goza de una merecida pensión de este cuerpo colegiado atlanticense.

Al despuntar la noche

Fue una maravilla de espectáculo el que gozaron miles de visitantes al parque. Con entrada gratis, como fueron todos los eventos previos al Carnaval, lo cual de verdad es el mejor estímulo para que el pueblo quiera cada vez más su fiesta popular y se compenetre de manera reflexiva y voluntaria con ella.

5 Verano llegó de primero y se fue de último.

“Este tipo de eventos hay que brindarles más apoyo”, comentó el gobernador Eduardo Verano al periodista Rafael Sarmiento. Verano llegó de primero y fue el último en salir.

La noche dominical se acercaba cuando fue anunciada en tarima la cantante y actriz de Somalia, Saba Anglana, tan bello y esbelta como talentosa, en una puesta en escena fantástica, con Jaime Monsalve como excelente entrevistador.

Fue una grata sorpresa. Un abrebocas que marcó la diferencia y dejó enseñanzas al público asistente. Lo que en un comienzo presagiaba que sería escaso de público, poco a poco se fue llenando. Todo en orden. Magnífica la organización. Se le abona el enorme sacrificio a Heriberto Fiorillo y su incansable coequipera Claudia Muñoz, su querida esposa. Lo único que debe procurar ‘Fiori’ es bajar unos cuantos kilitos, porque ‘ahora ya camina lento/como reteniendo el tiempo’.

Adolfo, sobrao

A pesar de sus dificultades para mantenerse en pie como consecuencia de un pequeño accidente casero, Adolfo Pacheco Anillo se tragó la noche hermosa, fresca y estrellada bajo el cielo del Parque Cultural del Caribe.

Con un panelista fabuloso, sabanero (es de Sincelejo), Óscar Montes, el valioso periodista que escribe su análisis dominical ‘La ley del Montes’, el cantautor sanjacintero fue contando, poco a poco y a sobresaltos como si estuviera desgranando una mazorca de los Montes de María, su historia, que es la misma de sus canciones. Mejor dicho, su vida son sus canciones. Recogerlas y meterlas en un libro es igual a ponerle el título ‘Autobiografía autorizada’: Adolfo Pacheco Anillo.

Porque ‘El viejo Miguel’, llena de metáforas y recuerdos, es una de las mejores crónicas periodísticas dedicada con el más puro sentimiento al padre que se va decepcionado de su pueblo. Además, musicalizada.

O esa muestra de nobleza de ‘La hamaca grande’, su ópera prima con la cual quiso acercar de manera noble y sincera la música de las dos subregiones del Caribe colombiano: las sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba, y el llamado Magdalena Grande, que comprende lo que hoy son los departamentos de Magdalena, Cesar y La Guajira.

Valledupar, la capital del Cesar, quiso tomar para sí y de manera inconsulta, todo lo que se interpretara con acordeón. Sin tener en cuenta la realidad histórica de no contar con puertos marítimos por donde entraron estos primeros instrumentos traídos desde la lejana Alemania por marineros aventureros que lloraban junto con las notas quejumbrosas de un acordeón.

¿Y qué decir de esa bella declaración de amor titulada ‘El mochuelo’? Un canto con sabor a tierra, a montaña, a aire puro, a amor profundo. O ese homenaje a la esquiva “Mercedes” ajustada a los prejuicios sociales de ayer, hoy y siempre.

No se queda por las ramas Adolfo Pacheco cuando cuenta sus peripecias en Bogotá cuando fue a estudiar abogacía y, por accidente, al llegar al aeropuerto se metió en el baño de las mujeres y una de las aseadoras, bogotana de pura cepa ella, lo espetó muy ‘cariñosamente’: ”y este negro hijueputa que hace en el baño de nosotras?”.

Fue entonces cuando se encontró con una realidad que hasta ese momento ignoraba: él no era un morenito desteñido; era más que eso, en sus genes venía la pigmentación africana. Para él fue una revelación asombrosa, que lo hizo entender por qué llevaba esa música en la sangre, ese sonido de tambores y esa facilidad para componer un verso con maestría, como lo hacen los sabios de las tribus africanas.

El maestro Adolfo Pacheco estuvo acompañado con ese talentoso acordeonista Ismael Rudas, uno de los más consagrados productores y directores musicales, que se ha hecho célebre internacionalmente por ser quien dirige la producción de la recopilación de los 100 mejores vallenatos de la historia, un libro con toda la historia de los compositores y sus sanciones. Ya van dos obras editadas. Estas obras son escritas por dos excelsos periodistas, Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano.

Óscar Montes pudo haber deleitado al público toda la noche, sacándole historias y canciones a Adolfo. Pero no se sabe por qué circunstancias los horarios de estos eventos son severos. Tiempo de reloj suizo. Ni modo. Apenas hubo tiempo de escuchar ‘El cordobés’ y ‘Gallo bueno’, esta última, un relato picaresco de cómo era la vida antes en un pueblo sano, en esos barrios (como el ‘Gallo Bueno’), en donde hasta por matar a una paloma era sancionado el ‘palomicida’ con 100 bultos de cementos para pavimentar una calle del sector.

Nos quedó debiendo ‘El pintor’, un alegado con un ‘contendor’ desconocido llamado ‘Pedro Pérez el pintor/pintó un pájaro moderno/y dice que yo no puedo pintar uno mejor’.

En una siguiente estrofa Adolfo sostiene que él ‘como Adriano el ciego/pinto lo que no se ve’. Se refería en su letra original a ese insigne compositor y defensor de la naturaleza, Adriano Salas, de Sincé, Sucre, quien murió ciego, sin sus dos piernas y abandonado en un hospital de caridad. El regionalismo vallenato borró a ‘Adriano’ y puso a otro ciego, Leandro Díaz, tal vez más talentoso que Adriano, pero había que respetar el criterio del compositor. Sin regionalismos mezquinos.

Roberto Pombo salió buen gallo

De mucho le sirvieron a Roberto Pombo Holguín aquellos años de hipismo, de abarcas trespuntá, mochila y amansaloco, cabellón y despeinado, dándose trompadas contra una vieja máquina de escribir ‘Underwood’, en Diario del Caribe o El Heraldo.

Reconoce que fueron sus mejores años de enseñanza. Aprender periodismo en el Caribe y en una ciudad en donde se encuentran todas las voces, los dichos, los mitos y los iconos. Toda la sabrosura del Caribe grande. Del camaján de barrio. Del desabrochado hijo de papi y mami que se goza la rumba en una esquina tomando ron blanco con los basuriegos.

Pombo Holguín, por ambos lados descendiente de casas presidenciales. De la más rancia sociedad santafereña. Pudo más el ambiente costeño que transformó su alma en un ser sensible, sencillo y bueno.

Regresó a Bogotá y, en uno de esos flechazos que llaman “amor a primera vista” se encontró con una mujer maravillosa, sencilla y cariñosa, Juanita Santos Calderón, hija del inolvidable don Hernando Santos Castillo, entonces director de El Tiempo y uno de sus principales accionista. Juanita venía de enviudar. Su esposo murió en el siniestrado avión de Avianca dinamitado en pleno vuelo por el extinto Cartel de Medellín.

4 Los primeros en llegar se gozan las mejores fotos.

Quienes llegaron de primera al Parque Cultural del Caribe aprovecharon para tomarse las fotos del recuerdo.

 Pues bien. Toda esta historia para poder confirmar que, gracias a ese recorrido vital, Roberto Pompo Holguín libró una extraordinaria faena entrevistando a los personajes que vinieron a hablar sobre la vida y obra de Ángel Viloria y su Conjunto Cibaeño. Fue una charla amena, profunda, con conocimiento de causa, disfrutada al máximo por un público gozoso y en éxtasis.

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Acerca del Autor

1. Rafael Sarmiento Coley

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey

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