Se fue Carlos Flores, el hombre de la música en la literatura

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A los 91 años falleció uno de los barranquilleros que más sabía de jazz en Colombia y cuya obra enlazó la música y literatura de manera magistral.

Por Jorge Sarmiento Figueroa

Este fin de semana se fue Carlos Flores, uno de los hombres que mejor ha llegado a comprender, a mi juicio, la umbilicada relación entre la música y la literatura. No lo conocí sino hasta septiembre de 2014, pero sus hijos, sus nietos y también mi familia me hablaron durante años de sus múltiples facetas en el arte y la cultura. Me contaban de sus programas de televisión en el apogeo de Telecaribe, de su experiencia diplomática y, en especial, de su enciclopédico conocimiento del jazz.

Lo conocí cuando él estaba a punto de cumplir 90 años, el día que vino a su Barranquilla natal a presentar un trabajo portentoso y único dedicado a analizar la presencia de la música como fuerza narrativa en varios de los mejores autores de la literatura universal del siglo XX. De aquella ocasión, en la que vino invitado por la Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta y en especial por Miguel Iriarte, director de la Biblioteca Piloto del Caribe, hice una cháchara que la revista Latitud del diario El Heraldo publicó y que luego reproduje en La Cháchara.

Ese escrito lo hice como una manera de rendir homenaje a ese señor que me hizo ver de una manera lúcida, como ningún profesor hubiera podido enseñarme, cómo se llevan de la mano la música y la literatura, una relación a veces dignificada y otras vilipendiada, como acabamos de presenciarlo con la polémica del Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Vuelvo a compartir con ustedes el texto sobre la obra de Carlos Flores como una manera de reafirmar mi admiración por este barranquillero. Y también lo hago para dar un abrazo fraterno a su familia, en especial a sus hijos y nietos, de los que me siento muy cercano.

 

La música define obras literarias

Carlos Flores Sierra trajo a Barranquilla un bello recipiente en forma de cubo musical que parece sacado de la gran tienda del mismísimo Pietro Crespi, aquel músico italiano que llegó a Macondo por la mágica narrativa de García Márquez. Dentro del cubo hay 20 discos compactos que contienen el análisis de igual número de obras de la literatura universal. No es un análisis cualquiera porque Flores Sierra, periodista, cuentista, novelista e investigador cultural nacido en Barranquilla, depositó en él su conocimiento y pasión acerca de la presencia del jazz como elemento primordial en la narrativa de escritores como Milan Kundera, Julio Cortázar, Henry Miller, Günter Grass, Scott Fitzgerald, Toni Morrison, William Saroyan, Alejo Carpentier, Jean Paul Sartre y Herman Hesse, entre otros.
Enterado de esa oficiosa investigación del periodista, el ex presidente de Colombia Belisario Betancur le pidió que se dedicara a analizar ese mismo factor, la música, en la obra de Gabriel García Márquez. Era el final del siglo XX y Flores Sierra se acercaba a los 80 años de edad mientras recorría las principales plazas del jazz entre Estados Unidos y Europa, nutriendo y al mismo tiempo compartiendo su vasto acervo musical y literario.
Ahora, con 90 años, regresó a Barranquilla por invitación de la Corporación Luis Eduardo Nieto Arteta. Dictó esta semana dos conferencias magistrales, con anotaciones y briosas improvisaciones, llenas de contundencia y una chispa de humor que envolvieron al público como lo haría un concertista de jazz, que es su género preferido, el que ama y domina. “Acepté la invitación del expresidente Betancur, no por patriotismo bobo e inútil, sino por amor a la música y a la literatura, que son las que narran la verdadera historia de la humanidad. Es el arte el que narra la vida. Uno no debe consultar a los historiadores ‘oficiales’ ni a los políticos para entender el mundo, sino a los artistas”, inicia de esta manera su conferencia.

Contrastes del amor a través de la música

SAMSUNG CAMERA PICTURES“Gracias a una lectura musical de Gabo, por ejemplo, vamos a entender por qué somos como somos, por qué nuestras relaciones son a veces desarmónicas o armónicas. Vamos a entender mejor ese Macondo que se extiende desde Nariño hasta La Guajira”, expresó Flores Sierra. La primera conclusión a la que llegó luego de sus estudios sobre la obra del Nobel colombiano es que no es una verdad absoluta que “Cien años de soledad sea un vallenato de 400 páginas”, como el mismo Gabo la definió. Lo que pasa es que, según explica el maestro, “algunos en la región han querido creer que al Nobel solo le gustaba el vallenato y que solo el vallenato lo influenció. Pero en realidad el escritor tenía un conocimiento oceánico, era un hombre de mundo que enlazó la música popular que bullía en su tierra, con el tango, el bolero, los cantos gregorianos, las arias, el vals, el jazz, el flamenco y tanta expresión y conocimientos globales que quedaron plasmados, junto con sus experiencias y lecturas, en todas sus historias”.

En El amor en los tiempos del cólera, Flores Sierra logró contar 82 referencias musicales, entre géneros e instrumentos. Encontró, distintas a las ya mencionadas, la presencia de la contradanza, sonatas, romanzas napolitanas, arias, ópera, merengues y, de Schubert, La muerte y la doncella. Durante sus conferencias leyó apartes completos de las novelas para revitalizar esa relación que él describe. En Cien años de soledad delineó el contraste de los amores que le ofrecían Fernanda Del Carpio y Petra Cotes a Aureliano Segundo, la primera con su melancólico clavicordio y la segunda con su desabrochado acordeón, ambas definidas por la música, como puede verse. En El amor en los tiempos del cólera rememoró la casa del doctor Juvenal Urbino y su esposa Fermina Daza, en el barrio Manga, de Cartagena, donde había una pequeña sala de música en la que se daban conciertos íntimos cuando llegaban a la ciudad intérpretes notables. Como se recordará, Juvenal Urbino le llevó a Fermina una serenata de piano en la época en que quería conquistarla, lo que describía su carácter aristocrático. ¡A quién sino al doctor Urbino se le ocurriría semejante serenata! En contraste, Florentino Ariza la cortejaba a lo lejos con su violín, tocando un vals compuesto para ella, La diosa coronada, con el que lograría que su amada sintiera en la sangre, aunque fueran muchos años después, “los latidos desordenados de su libre albedrío”. La diosa coronada es el canto vallenato del juglar Leandro Díaz que se sitúa en primer orden narrativo de la obra e incluso uno de sus versos es tomado por Gabo como epígrafe de El amor en los tiempos del cólera.

Cada una de las referencias musicales, enseña Flores Sierra, “tiene un carácter protagónico porque define a un personaje, porque dibuja un entorno social, cultural e incluso económico, o porque establece el estado de ánimo de una escena. Igual pasa en Cien años de soledad, en La mala hora y en todos sus libros. El mismo Gabo señalaría esto en una entrevista con El Manifiesto, el 13 de octubre de 1977, cuando se le preguntó sobre la influencia de escritores como Faulkner y Hemingway en su literatura, y respondió de manera rotunda: “Lo que me abrió los ojos fue la música (…) Podría haber escrito El otoño del patriarca sin haber leído un solo libro, pero no sin haber oído la música que he oído”.

Por rebeldía

El hombre universal que llegó a ser Gabo ante el resto de los mortales, para Flores Sierra lo fue gracias a que encontró en su narrativa el amor devoto que él también sentía desde niño por la música. A Flores se le despertó ese amor el día en que su padre lo metió a estudiar en el Colegio Americano de Barranquilla. Fue un acto de rebeldía de don Carlos Flores Silva, hastiado de las “insinuaciones hacia mí de un cura del colegio San José. Mi papá se dio cuenta de la vaina y no le importó transgredir el catolicismo. Me mandó para el Americano, de carácter protestante, donde por primera vez escuché los ritmos anglosajones, empezando por los coros que dirigía el maestro Parker, que de inmediato me atrajeron”. De ese primer contacto, Flores Sierra descubrió el jazz. Y gracias al jazz descubrió que la música nunca es estática ni local, en el sentido estricto de la palabra. Que es amplia, cambiante, evolutiva, integradora. Universal. Y entonces se dio cuenta de que un género musical responde a una realidad, a un lugar, a un momento y a unas circunstancias propias de las personas que lo expresan; y que también define su carácter, su estado de ánimo, su actitud, “y que por tanto describe mejor que cualquier libro de historia lo que sucede en una época y en una sociedad, porque la traspasa universalmente”.

Pintura de Claudia Ruiz titulada ‘Cien años de soledad’.

Fueron esas las razones que lo llevaron a admirar a Gabriel García Márquez. “No tuve amistad con él, si me lo encontré en La Cueva no me acuerdo de qué hablamos –bromea–. Lo que sí tuve fue una inmediata y entrañable admiración por su obra, donde la música lo enlaza todo”.

Flores Sierra es contemporáneo de Gabo. Y eran, cada uno en su mundo, circundantes de la ebullición cultural de Barranquilla. Ambos estudiaron, aunque no juntos, en el colegio San José. Eso sí, mientras Gabo presenció el 9 de abril de 1948 en Bogotá, Flores Sierra lo sufrió en Barranquilla, ya que su padre, Carlos Flores Silva, fue la única víctima registrada del ‘Bogotazo’ en la capital de Atlántico.

Con el paso de los años, Carlos Flores Sierra se casa con Myriam Prieto (q.e.p.d.), libretista y realizadora audiovisual, y junto a ella emprende una carrera que dejó un fructífero legado cultural en la ciudad. Sus hijos Pamela, Tallulah, Carlos (q.e.p.d.), Fabiana y Roberto, y algunos de sus nietos, ejercen hoy un liderazgo influyente en varias esferas de la cultura barranquillera, como el cine, la poesía, la fotografía y la investigación social. Vive desde hace más de dos décadas en Guasca, Cundinamarca. Pasa sus tardes escuchando jazz, pero también dirigiendo una fundación en la que junto a varios colegas realiza talleres de fotografía para niños y jóvenes de los municipios aledaños, con el auspicio del Ministerio de Cultura. “Si el arte es universal, lo mejor que le puede pasar a un niño es que lo conozca desde el principio, para que pueda verse reflejado y valore su entorno. Porque el hogar, el colegio, el parque y el bosque son lo local, el arte es lo que lo convierte en universal”, reflexiona con la honesta devoción de un maestro perpetuo sobre su más reciente ocupación. Junto a él vive en Guasca, y viaja siempre a su lado, su compañera en el amor desde hace muchos años, la pintora y artista plástica Claudia Ruiz, con quien confluye en el interés supremo por el jazz y quien también ha expresado con su arte la presencia oceánica de la música en la obra de Gabo.

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Acerca del Autor

4. Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Periodista y poeta. Editor General de Lachachara.co y conductor del programa radial La Cháchara, por 94.1 Uniautonoma FM Stereo. Desde los 8 años, siendo reportero radial de Voz infantil y presentador del noticiero de televisión infantil, Chiquinoticias, ha construido una experiencia de 20 años en medios de comunicación. Se ha desempeñado también como comunicador en empresas y catedrático universitario. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Tw: @jorgemariosf

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