Aníbal Tobón, un teatrero que murió soñando en su futura obra

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Siempre dijo: “nací a los 3 años”, porque su madre parió en Bogotá y a los 3 años se lo trajo para Barranquilla, donde siempre dijo que había nacido. 

Por Rafael Sarmiento Coley

Aníbal Tobón Bermúdez, quien falleció el martes pasado en Barranquilla a los 70 años de edad (los cumpliría el 10 de septiembre), vivió feliz la vida que siempre quiso llevar…periodista, escritor, cuentero, poeta, director de teatro, titiritero y trotamundos.

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Este viernes a las 10 a.m. será el sepelio del hombre de letras y artes escénicas Aníbal Tóbón.

Tenía en sus genes una mezcla perfecta. Un padre, llamado también Aníbal Tobón, de origen antioqueño graduado de ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional en Bogotá. Y una madre, Auriestela Bermúdez, que, como buena barranquillera, era alegre, creativa, le gustaba escribir y se le medía a todo.

En Bogotá ambos estuvieron vinculados a El Espectador como columnistas de temas relacionados con la agricultura. Aníbal era el de las ideas, y Auriestela redactaba a su estilo y parecer. Llegó un momento en que la vida los asfixiaba en la ya superpoblada Bogotá, entonces Auriestela convenció a Aníbal de trasladarse a Barranquilla. Así llegó a Curramba, de 3 años de edad, Aníbal Jr.

El niño Aníbal estudió en los mejores colegios de Barranquilla y cuando terminó el bachillerato, de una, se fue a Bellas Artes. Para esa época su padre había muerto, su progenitora se defendía editando un semanario especializado, ‘Labranza’, con temas del campo, y ella misma se encargaba del mercadeo, porque era una excelente vendedora, como buena redactora. Los dos hermanos de Aníbal Jr., Darío y Gloria, se habían marchado a Estados Unidos, el uno a Nueva York y la otra a Miami.

La bohemia bien llevada

Entre cerveza y cerveza Aníbal Tobón fue sobrellevando la ausencia del padre y de los dos hermanos. Fue entonces cuando se metió de lleno al teatro, a la poesía, al cuento, al periodismo, a narraciones de “filosofría” profunda, claro, acompañado de una cerveza “bien fría” y el eterno cigarrillo que, finalmente, le ganó la batalla y se lo llevó a la tumba.

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“Nos vamos para allá, a una casa frente al mar, con un patio grande para sembrar de todo”, dijo Aníbal Tobón. Y se fueron para Salgar.

Tobón fue director del Teatro Estudio de la Universidad del Atlántico entre 1970 y 1972, y dirigió también el Grupo de teatro de Bellas Artes entre 1976 y 1978.

Lo interesante de su periplo vital es que, antes de que los años y la vida licenciosa lo fueran debilitando, tuvo fuerza y ánimo para darse un largo paseo por Francia (vivió en Paris como titiritero y teatrero. El artista barranquillero estudió Teatro en la Universidad de Vincennes, en Paris, Francia pero no la culminó), varias ciudades de África, Rusia y Suecia, en donde permaneció 20 años enseñando su arte en un establecimiento estatal y en las calles de las principales ciudades suecas. La eficiencia que plasmó en su trabajo, la constancia y su talento, lo hicieron merecedor a la nacionalidad sueca y a una pensión de por vida. Recibió dos veces Bolsa Trabajo Artístico del Consejo de Artistas de Estocolmo, en 1984 y 1988.

Cuando lo consideró prudente se vino a Barranquilla “donde nací a los 3 años de edad”, según repetía. Aquí se encontró con una mujer maravillosa, Yadira Ferrer. Talentosa. Callada. De esas mujeres que dicen estrictamente lo necesario, y que cuando dan una opinión es con una profunda carga de análisis y reflexión. Una mujer conforme, pero con el pulso firme para no dejar ir a pique su hogar.

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Salgar fue su tierra prometida. Allí se realizó en huerto en su patio y en una biblioteca en donde departía enseñanzas con niños de extrama pobreza. Ese era Aníbal Tobón.

Él ya tenía un hijo, Daniel, y ella vivía con su retoño, Rafael. Viajaron a Bogotá. Yadira, reconocida periodista, trabajaba con la agencia internacional de noticias Interpress Servis. Aníbal estaba en lo suyo, la poesía, el teatro, cuentos y relatos cortos. Sin embargo, sentía que le faltaba algo. Que esa no era la suyo. Entonces convenció a Yadira para viajar a Venezuela, y estando allá, al poco tiempo, inventó venirse a Barranquilla, “mi tierra natal, donde nací a los 3 años”, le repitió a Yadira.

Vivían en una pequeña residencia de alquiler, cuando un día, de repente, como impulsado por un resorte, le dijo a Yadira, “vámonos, quiero vivir en una casa frente al mar, y será en Salgar”. En efecto, fue en aquel pequeño pueblo marinero, corregimiento de Puerto Colombia, donde ancló para jamás zarpar. Allí sacó de sus entrañas sus sueños, sus angustias y ansiedades. En un patio grande empezó a poner en práctica lo que tanto le escuchó a su padre en teoría. Que llegaría el tiempo en que la superpoblación del mundo obligaría a cada familia a tener su casa huerta para poder comer. Aníbal cultivó yuca, papaya, plátano, banano, berenjena y una planta para él sagrada y a la cual llamaba como “la señora de los suspiros profundos”.

Una de sus tareas más fecundas en Salgar fue crear una biblioteca pública, en donde los niños no iban simplemente a leer libros, sino a dibujar, cantar, hacer mimos y los primeros pasos para la vida de teatreros, titiriteros y poetas. Enunciaciones. Para que supieran qué era eso.

Fue su época más productiva. Porque se sintió realizado llevando a cabo una brillante obra social con niños de extrema pobreza. Esa actitud noble le atrajo energías positivas. Sandra Vásquez, directora de la Fundación Cayena de la Universidad del Norte, le propuso realizar el proyecto ‘Los monumentos hablan’. Y en verdad Aníbal los puso a hablar, contando la historia de obeliscos, edificios históricos y estatuas en un lenguaje poético, sencillo y de un apreciable contenido literario. Fue miembro del Grupo Experimental El Sindicato de Barranquilla poco tiempo después de haber regresado de Europa.

Era grupo que componían sus amigos de toda la vida y que lo apoyaban en todas sus locuras. Como cuando lo estimularon para redondear su obra ‘Alacena con zapatos’, con la cual ganó en 1978 del Premio Nacional de Artes Visuales.

Quiso hacer todo en tan poco tiempo

No conforme con el trabajo al frente de su biblioteca en Salgar, Yadira y él montaron el primer bar experimental que hubo en Barranquilla, ‘Casa de Poesía’.

“Lo abríamos tres veces a la semana y lo mantuvimos durante tres años. Pero llegó un momento en que nos sentimos cansados, por el trasnocho durante tres veces a la semana, y tuvimos que cerrarlo”, recuerda Yadira. Eso no significó que Aníbal se desvinculara de su contacto bohemio y literario en Barranquilla. En ‘Casa de Hierro’, invitado por Fabiola Acosta, se dio el lujo de montar dos espectáculos literario-teatrales, ‘Los concervesatorios’ y ‘Cátedra de Filosofría’.

Y cuando más entusiasmado estaba con su vida, las plantaciones en su huerto, sus ‘filosofrías’ y su biblioteca de Salgar, le detectaron los primeros síntomas de la nicotina acumulada en los pulmones. De a poquito la enfermedad lo fue carcomiendo, hasta cuando hace varios días lo pescó una virosis que lo condujo a la cama y llegó a tal estado de postración, “que nos preocupó demasiado lo trasladamos a la clínica. Allí de inmediato lo sometieron a tratamiento pero se agravó y lo pasaron a la unidad de cuidados intensivos. Nada se pudo hacer cuando le sobrevino un paro pulmonar y enseguida el paro cardiaco fulminante”, sostuvo Yadira.

Deja como testimonio histórico de su capacidad narrativa sus obras: ‘Pandemonium’ (1974), ‘Testimonios de Naufragios’ (1990) y ‘Ocios del Oficio (2005)’.

“Aníbal fue un ser humano genuino, auténtico, excepcional. Él no tenía posturas ni era de aguas tibias. Aníbal, el que pude ver en su casa y en su Caza d’ Poesía, el flaco eterno enamorado de su Yadi, el de las carcajadas sonoras y profundas, el que se dedicó a vivir como le dio la gana y fue feliz”, según lo recuerda Martha Herrera, periodista amiga de Tobón y jefa de prensa de La Cueva.

“Todo lo que Aníbal hizo profesionalmente, y más que eso, todo lo que fue como ser humano, trascenderá en el tiempo más allá de su ausencia física”, puntualizó Herrera.

Nuestra más sentida voz de condolencia para la colega Yadira Ferrer, excompañera de universidad y amiga Yadi. Paz en la tumba del artista mayor.

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Acerca del Autor

1. Rafael Sarmiento Coley

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey

1 comentario

  1. Alvaro Suescún el

    Qué buena reseña biográfica, con sus pelos y sus señales Aníbal quedó retratado de cuerpo entero. Abrazos, maestro Sarmiento.