Juanita, la cumbiambera del Barrio Abajo

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Porque carnaval es todo el año, chachareamos la historia de esta mítica mujer que destila cumbia cuando habla, que irradia magia cuando mueve sus caderas y amor cuando sonríe. 

Por Óscar López Lobo

Si preguntas por Gloria Esther Pérez Santana en el Barrio Abajo probablemente nadie la reconocerá. Le pasó a su esposo Benjamín Luna, años atrás, cuando una señora pasó por la puerta de su casa preguntando por ella. Su esposo, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos no dudó en responderle que en su hogar no vivía ninguna persona con ese nombre a pesar de mostrarle la misma dirección. Al marcharse, extrañada, una vecina que había escuchado la conversación le gritó “¡Oye Benjamín, está preguntando por Juanita, tu esposa!”.

Juanita la cumbiambera o simplemente Juanita, la que baila y goza como nadie y cose vestidos para sobrevivir, superó a su nombre que sólo sirve para trámites legales. En el imaginario popular y hasta en su seno familiar Gloria dejó de existir para transformarse en Juanita desde que su fama empezó a tejerse cincuenta años atrás, en las fiestas populares y en las danzas más importantes del carnaval barranquillero. Un amigo de su mamá la ‘bautizó’ recién nacida por una canción que ella recuerda llamarse Juanita la maicera, que sonaba a mediados de los cincuenta. Y así quedó, Juanita, Juanita la cumbiambera.

Martes 2 de febrero, 8 p.m.

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Juanita ensaya con sus compañeros de cumbiamba en la Plaza de La Paz días antes de iniciar el carnaval.

Las nueve lámparas amarillas en el borde superior de la estructura de La Catedral Metropolitana de Barranquilla iluminan los pequeños techos de concreto que cubren los siete enormes vitrales frontales. Debajo de los vitrales con grabados de colores, luces moradas contrastan con las amarillas, ubicadas sobre un alargado balcón sostenido por las diez columnas de la entrada, con once lámparas blancas que alumbran el suelo, revelando encuentros amorosos entre parejas, charlas de amigos y turistas. Un contraste de luces que resalta la entrada de la iglesia y las escaleras que bajan hasta una bahía donde La Revoltosa ensaya con sus 45 parejas, afinando la coreografía que le presentarán a miles en los diferentes desfiles carnavaleros.

La brisa fuerte, típica de los vientos alisios del norte que abrazan al Caribe durante esta temporada despeina y pone a prueba el tiro de las polleras y la estabilidad de los sombreros ‘vueltiaos’. Los danzantes giran en círculos, caminan estirando brazos durante dos minutos para calentar. Mientras que un funcionario de la Alcaldía, regulador de tránsito, aún con su uniforme, sopla la Flauta e’ Millo, probando notas, alertando a los tamboreros quienes se ríen y conversan de cualquier tema.

Faltan tres días para que comience la fiesta más importante de Colombia, patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad decretado por la Unesco desde 2003, no hay una calle barranquillera donde no se hable o se sienta que el carnaval llegó. Comparsas, cumbiambas y demás grupos folclóricos y de disfraces, ensayan y realizan los últimos ajustes a su vestuario y coreografías. Las calles y parques de Barranquilla y su área metropolitana, así como de los municipios del Atlántico y demás departamentos del Caribe que contribuyen con sus grupos a la gran fiesta colombiana, se convierten en salones improvisados de ensayo.

Juanita, “La Cumbiambera de Barrio Abajo” como le llaman sus vecinos, aquella mujer que representa mucho menos de los 62 años que se endilga picando el ojo, responsable de abrir todas las ruedas de Cumbia que se realizan periódicamente durante el año, desde cada primero de enero, en el corazón de la cuna de Esthercita Forero, llega de última al ensayo de La Revoltosa, frente a las escalinatas de La Catedral Metropolitana donde se reúnen para practicar al son de su majestad, la cumbia. No llevó pollera, llegó con un leggins negro y una camiseta azul, tenis y una pañoleta amarilla sobre el lado izquierdo de su cabeza simulando un tocado de flores.

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Simulando la pollera, mueve de lado a lado sus brazos en una noche fresca.

Manos a la cintura y la sonrisa más honesta y alegre que puedas deleitar, mientras el llamador inicia su invocación ancestral africana, el bajo de la cumbia retumba haciendo eco en la plaza. Las olas del mar Caribe parecieran impregnarse en las caderas de todas las mujeres e inicia el azote sensual sobre unos pasos medidos, siempre adelante y girando, con espaldas erguidas como faros luminosos que resplandecen en la blanca dentadura de Juanita, y de todas las cumbiamberas.

El galanteo eterno hacia el parejo lo invita, lo seduce, lo aclama hasta sentirlo lo suficientemente cercano para volver a rechazarlo, tenue, prudente para mantener la ilusión del cumbiambero que no descansa en su empeño de sentir por lo menos, que la punta de la pollera le acaricie el mentón u obtener de esos labios siempre rojizos un beso que no sucederá.

El ensayo dura dos horas, se abrazan, se despiden luego de una breve reunión con el director de la cumbiamba, el ex Rey Momo Osvaldo Mendoza, quien les entrega las últimas indicaciones. Juanita oculta su cansancio con esa sonrisa que cualquiera soñaría con tener guardada en un cofre para impregnarse de la alegría que irradia, cada vez que las cadenas de la cotidianeidad azotan nuestra tranquilidad.

Se marcha, como llegó, caminando hacia el fondo del Barrio Abajo, sonriendo y sin ahorrar el saludo de reina a quienes se despiden del otro lado de la calle.

 

Quien no conoce a Juanita, no es del barrio

Cualquier habitante de Barrio Abajo conoce a Juanita La Cumbiambera, o Juanita, a secas, y siempre repiten que quien no la conoce “no es del barrio”. Es un sello, es el sinónimo de la cumbia, de torrentes de alegría, una mujer que nunca ha tenido problemas con nadie, como afirma el entrenador de softbol y umpire o árbitro de la pelota caliente Luis “El Mono” Alemán.

“La conocí a los 13 años, bailando, era todo un ‘cuarto bate’, muy linda. No pierde calidad fíjate que ahora tengo 58 y ella siendo mayor que yo se ve muy bien, vigorosa, atractiva”, señala el barrioabajero. El Alemán, pensionado y aburrido porque Barranquilla no pudo disfrutar este año del campeonato de beisbol profesional por la reconstrucción del estadio Tomás Arrieta que vigila gran parte del Barrio Abajo, se sienta diariamente en una esquina a saludar y a mamarle gallo a los vecinos de toda la vida. Acomodándose su gorra del equipo Caimanes de Barranquilla sentencia: -Esa mujer es el alma de este barrio y de la cumbia, la cumbia es Juanita-.

Carmen Carvajal, otra portentosa morena como las que abundan en el barrio, engalanando con su belleza afro las calles abajeras es además de ser la maquilladora habitual de Juanita, hija de su mejor amiga: “Juani es una mujer increíble, alegre y colaboradora como ella sola, de una rumba se puede ir a un sepelio, en todas está. Es extrovertida. Tiene un don social, ese don de gente para relacionarse fácilmente con cualquier persona”.

Aunque no haya sido estipulada como ley o normativa de la junta de acción comunal todos saben que la Rueda de Cumbia que realizan en el barrio las abre Juanita, si la gente que se aglomera alrededor de los músicos detiene la rueda, es Juanita quien aparece con velas encendidas, pollera en cadera y sonrisa abierta lista para reactivarla a punta de –¡Huepajé!- o con la candela y la cera que brota de su brazo derecho advierte con una leve quemada que a la rueda se mete la gente es a bailar.

Como eco, no precisamente del retumbar de los cueros o la melodía de gaitas y millos, se escucha el siempre presente vitoreo a Juanita, besos que le lanzan y copas de trago o cerveza que le acercan. Ella, que siempre entra en una especie de trance místico, sonríe, reviviendo la dinámica de la rueda, girando alrededor de los músicos, fluyendo cumbia desde sus entrañas, magia que invita a moverte mientras despiertas del trance que produce mirarla.

“A veces cuando tiene mucho trabajo cosiendo vestidos o disfraces, sale a abrir la rueda y luego se devuelve para seguir cosiendo. Ella es full trabajadora, cumplidora, preocupada por sus hijos, nietos y hasta de su mamá de 90 años. Pero eso sí, una ves termine, regresa a bailar”, cuenta Carmen.

 

Bodas de oro a punta de Cumbia

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Durante la Batalla de Flores Juanita, junto a su parejo, despliega sus alas de Cumbia y vuela en medio de un caluroso día sobre las nubes de asfalto.

 Juanita reconoce que no es buena para las fechas pero recuerda con exactitud los años que lleva bailando, 50, como la respaldan sus más cercanos parientes. Comparsas, amigos, la buscan para amenizar cualquier baile y por supuesto, para engalanar con su mística otros grupos. Se la quieren llevar, nadie la quiere compartir pero ella que en su -corazón solo guarda alegría y tambor-, como se describe por su naturaleza solidaria y carnavalera no ahorra esfuerzo alguno para bailar a donde la inviten.

Ha sido miembro de diferentes grupos como: Curramba La Bella donde duró 15 años, Colombia en Carnaval durante 4, El Cañonazo 6, La Candela 8; en 1987 recuerda que representó a la Universidad Libre en danzas universitarias. Y hasta fue cofundadora de La Rebelión de Las Marimondas de Barrio Abajo. El pasado sábado de carnaval cumplió doce con La Revoltosa y ganaron el Congo de Oro con 500 puntos de acuerdo al criterio del jurado.

Pero no, nunca le basta, también salió con su grupo el lunes y el martes en el desfile por la calle 85 hasta el Parque de la Electrificadora. Liderando, sudando kilómetros de cumbia.

“Carnaval es vida, la cumbia le da sentido a la vida, es el sentir propio”, reflexiona Juanita apretando su puño izquierdo mientras lo apunta hacia su pecho sentada en la puerta de su casa en Las Palmitas, entre las calles Paraíso y Sello, en el corazón abajero.

 

El único carnaval sin Juanita

Hace 28 años, febrero de 1988, fue el único carnaval que Juanita no bailó, no gozó, no disfrutó. La fecha exacta la ha olvidado, tal vez el dolor del recuerdo más amargo de su vida que la llevó a lo impensado, resignarse a vivir la fiesta del dios Baco la obligó a olvidarse de aquella trágica fecha del calendario. Su hermano, su único hermano de padre y madre, Manuel Pérez, murió en una explosión ocurrida dentro del terminal marítimo de Barranquilla.

“Una chispa propagada por la brisa provocó una explosión que acabó con la vida de cuatro o tres personas, entre ellas la de mi hermano que falleció instantáneamente”, cuenta Juanita con sus ojos vidriosos que ya soltaron todas las lágrimas posibles mirando hacia el cielo raso de su casa y luego al suelo, incómoda, melancólica.

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Cicatrices del arduo trabajo cociendo vestidos para sus asiduos clientes. Con esas manos ha sacado a su familia adelante.

Como su muerte fue previo al carnaval no pudo salir, su corazón quedó destrozado, recuerda. Sin embargo pese al dolor, su esencia carnavalera estuvo presente los cuatro días pero a través de decenas de vestidos que engalanaron a las cumbiamberas que la escogieron, como lo hacen cada año, para que con sus manos cosiera su tristeza y entre lentejuelas, canutillos, flores, colores, movieran sus polleras abriéndose hacia el cielo, bailando hasta el cansancio por ella.

Gabriel García Jiménez, es un abogado, escritor y barrio abajero quien conoció a Juanita desde niño gracias a la amistad entre su hermana y la cumbiambera que aun persiste.

“Hace muchos años, Juanita podría tener unos 20 como mucho, y estábamos en una cantina conocida como El Poli, entre las calles Topacio y El Seis, cuando repentinamente apareció Juanita, sonriendo, saludando. Hasta que sonó Amparo Arrebato, tema grabado por Richie Ray y Bobby Cruz que ella sentía propio, como un homenaje recibido a través del talento de los boricuas. Canción que la arrebataba y en segundos tuvimos que quitar las botellas que teníamos en la mesa, una pequeña por cierto, para que ella se subiera a tirar pase con ese swing único que siempre ha tenido. Y todos, no tuvimos otra opción que apreciarla”.

También salsera, como buena baranquillera, el escritor Gabriel García Jiménez en su libro ‘Carnaval Luminoso’, homenajea no solo a ella si no a muchos personajes del carnaval, dedicándole un capítulo basado en las aventuras de Juanita, con el seudónimo de Pepita Fernández, destacándola como una sensual salsera:

“Ricardo Rey era su tormento, el Amparo arrebato o el Bomba Camará la ponía a mil, una extraña electricidad se introducía por las plantas de sus pies y ahí no se podía detener; sus torneadas piernas se cargaban de un espíritu superior que la hacía vibrar con excepcional elegancia-.

Cincuenta años dibujando sonrisas y admiración a través del despliegue mágico de sus caderas, de su sonrisa sideral, impregnando las calles de la ciudad con su esencia africana, su baile caribe, su vida que depende de la cumbia como sus hijos, nietos, esposo y la familia barrio abajera. Mujer descomplicada que se describe así misma con esta frase macondiana:

“Encima de mi, mi traje y el que a mi se me de la gana, porque lo demás me rueda”.

Que ruede la cumbia Juanita, eternamente.

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