Desagradable lunar en medio del jolgorio Berbetróniko

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En un país cuyos andenes no están diseñados para las personas con movilidad reducida, ir a un evento masivo puede ser una dura experiencia.

Por Óscar López

Daniela Di Bello es una estadounidense de 28 años, nacida y residente en New Jerse. Nació con una anomalía genética degenerativa en su visión, lo que la ha obligado a ver durante toda su vida tan solo un 10%, en su ojo izquierdo; en el derecho su visión es cero. Como su ojo solo le permite ver colores difusos, rostros desenfocados que tienden a enfocarse sólo cuando se le acercan a escasos centímetros, debe utilizar un bastón de lazarillo para no tropezarse con el mundo.

Daniela vive una vida normal en Estados Unidos, apoyada siempre por sus dos hermanas, una de ellas su gemela, trabaja como masajista y reside en un apartamento con una amiga dominicana. Tiene novio y su hermana mayor, Stephanie, la invitó a que la visitara a Barranquilla donde reside desde hace dos años y compartirle la magia del carnaval de La Arenosa.

Su paso por La Noche del Río fue el preámbulo para sentir, escuchar y visualizar pincelazos de la alegría desbordante del Carnaval. Se dejó llevar por la Cumbia y el Bullerengue, bailó hasta el final del evento y se llevó una sonrisa gigante que seguro aun guarda: “Me encantaron los sonidos diferentes para mí, la música me hizo vibrar, todo fue muy especial”, le contó a La Cháchara al terminar el majestuoso evento que organiza el Parque Cultural Museo del Caribe.

Pero apareció el lunar dentro de un país cuyos andenes no están diseñados para las personas con movilidad reducida, mucho menos para los que sufren de un sencillo esguince de tobillo o una uña encarnada. Y el desprecio por ignorancia más que por convicción o mala intención, creemos ciegamente, se dio en La Berbetronik 19.

Pasaban los minutos que al final fueron dos horas de hacer fila ya que, aunque reconociendo no haber llegado temprano por los múltiples eventos que se realizaban en la ciudad y tras descansar de La Gran Parada a la que asistió con sus acompañantes colombianos, su amiga dominicana y su hermana, Daniela no comprendía por qué la demora, que luego nos enteramos cuando por fin ingresamos que se debía al escaso personal de logística; cuyas manos no fueron suficientes para ponerles a los asistentes lo más eficiente posible las manillas que autorizaban el ingreso luego de revisar las entradas.

Preguntamos a cuatro miembros de la logística así como a dos policías que si el evento, la organización, podía permitirle a una persona con visión reducida, casi ciega de noche, alguna atención prioritaria para agilizar su ingreso. La respuesta siempre fueron dos: “No sabemos, pregúntale al otro”, o “No tengo información al respecto”. No sabían nada y tampoco nos comunicaban con algún superior que pudiera responder y brindarle esa hospitalidad que tanto caracteriza al barranquillero, al colombiano.

Y no estaba disfrazada de ciega, sus enormes lentes, su ojo izquierdo visiblemente extraviado con una masa blanca sobre su ojo era fácilmente reconocible, su bastón de lazarillo y el brazo de su hermana Stephanie enganchada a la suya no fueron razones o argumentos necesarios para que la logística le diera prioridad de ingreso a una visitante que jamás entendió por qué en un país civilizado como el nuestro, a las personas con discapacidades físicas o movilidad reducida no les tienen una atención prioritaria, y lo dice la constitución.

Hasta en el estadio Roberto Melendéz, el Metropolitano, las personas con capacidad de movilidad reducida que van a apoyar al Junior o a la selección colombiana tienen prioridad, no importa si hay 20 personas o 50 mil.

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