Quiero la paz y no soy guerrillero

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Es importante recordar que todos los presidentes, incluido Uribe, han abierto o querido abrir un proceso de paz con las Farc.

Por Juan Carlos Torres

Juan Carlos Torres Trillos.

Juan Carlos Torres Trillos.

Paradójico que los autoproclamados civilizados que avivan alaridos de guerra, vaguen desenfrenados bautizándonos de subversivos y mamertos a quienes respaldamos el vigor del gobierno por conquistar la Paz.

El hiperbólico imaginario del “castrochavismo” es el distintivo más peyorativo con el que nos acopian. Un sonsonete cotidiano de quienes enviudaron el poder, destinado a marginar el sentir y opinar de los que no coincidimos con la voluntad y el decálogo uribista.

Congregaron también a su aberrante delirio a su Santidad el Papa Francisco, al Presidente Barack Obama, la ONU, Unasur, la Corte Penal Internacional y recientemente al gobierno de los Estados Unidos, entre otros personajes, instituciones  y Estados que elogian y aprueban los bríos de conciliación y Paz en Colombia; censurándolos de comunistas y promotores del terrorismo.

El conflicto interno en Colombia ha cobrado más de doscientos veinte mil muertos, cuatro veces más y en una década menos que los muertos del conflicto palestino-israelí. Y sí, antepongo el dilema de  guerrilleros en el Congreso legislando antes que en el monte combatiendo, y no veo la razón para alarmarse, lo hizo Virgilio Barco con el M-19 y Álvaro Uribe con las AUC.

Soldados, guerraRepudian como nosotros las matanzas, los secuestros, las voladuras de oleoductos, el reclutamiento de infantes para la guerra y el narcotráfico por parte de los grupos guerrilleros; pero arropan y defienden o acallan en un acto de doble moral los genocidios contra la izquierda democrática y organizaciones sindicales, los hornos crematorios, las casas de pique, los descuartizamientos, los falsos positivos y las fosas comunes; sin embargo nos llaman parcializados.

Las invenciones del histrión decano porfían que el Presidente Santos, un súbdito probo de la oligarquía colombiana, que siendo Ministro de Defensa y Presidente orientó las más grandes bajas en la historia del país a la organización guerrillera de las Farc, representa los intereses de ésta. Esta doctrina ha inoculado y poseído  a centenares de mentes incultas, lo cual es comprensible dada su grado de vulnerabilidad; pero escuchar este monólogo mentiroso en gente letrada, medianamente estudiada o con una mínima capacidad de razonamiento, es imperdonable y un insulto a la razón.

Fragmentaron  el país en dos tendencias, si no eres uribista, eres santista y si eres santista por ende eres castrochavista. Ostentan ser dueños de la verdad. No acabábamos de loar los anuncios del acuerdo de Paz en la Habana y ya ametrallaban nuestra democracia con trinos de dolor; analistas marrulleros que enjuiciaban un papel que no habían leído. El mensaje es claro, no acreditarán un proceso que no se ajuste a los postulados del seudo decálogo uribista y menos que no sea capitaneado por ellos.

Ataque de las FarcEn gobiernos precedentes nos tragamos los sapos del ex Presidente Pastrana con despeje de cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados en San Vicente del Caguan y el pacto de Ralitos que rubricó el ex Presidente Uribe, una convención secreta e ilegal en la llamada “refundación del país” que acabó por facturar prisión para más de un parapolítico. Asimismo aceptamos el marco jurídico Ley de Justicia y Paz que no trajo consigo: ni justicia, ni paz, ni perdón, ni reparación, ni desmovilización total, antes produjo la mutación de las AUC hacia las bandas criminales emergente Bacrim. Los aceptamos sin que para ello fuese necesario un referéndum, garantías con las que hoy si cuenta el país en el acuerdo de justicia transicional.

Uribe busco dialogar  con las Farc a través de Frank Pearl alto comisionado de paz de su gobierno. Planeó reunirse con Alfonso Cano y Pablo Catatumbo en secreto en Brasil. Además ofreció curules a las Farc en el congreso, sin reparación y sin verdad; registros multimedia así lo sustentan. Por qué si apoyar la paz de Pastrana y de Uribe y no la de Santos, si suponemos que todos convergen en un mismo fin. En poco se diferencia lo negociado en San Vicente del Caguán, Santa Fe de Ralitos y la Habana. Al menos claro, que se trate de una beligerancia de egos, sobre quién sea capaz de aparecer en las portadas de los diarios mundiales y los libros de historia del país; y esa sea la razón de la fehaciente apatía a justicia transicional, que está fundada en los mismos principios filosóficos que a su  modo y en su momento cada quien abanderó.

No querer más Farc no significa asesinarlos. Es llegar a la paz.

No querer más Farc no significa asesinarlos. Es llegar a la paz.

Los retos de la transicionalidad y el postconflicto se concentran mayoritariamente en la capacidad de la sociedad civil para admitir a quienes se desmovilicen, recientemente lo hicimos con los paramilitares y eso no nos condenó, y no por ello alguien me llamó “paraco” por respaldar Justicia y Paz.

No confundir justicia con venganza no es sinónimo de impunidad, aceptar la conciliación como alternativa de paz no es análoga a la insurrección y el “castrochavismo” en Colombia es una alucinación patológica engendrada por la energúmena impotencia  de quienes enviudaron el poder.

Cuando llegue el postconflicto cada uno tendrá que poner de su parte, perdonar significa garantizar que los hechos que marcaron al país por más de medio siglo no se repitan, sino estaremos condenador a vivir perpetuamente en guerra y jamás avanzar.

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