Sueño pendejo

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Ayer me levanté lúcido: había soñado un plan eficaz para combatir la corrupción.

Por Jorge Guebely

Jorge Guebely, escritor, PhD en Literatura, columnista invitado en Lachachara.co

Jorge Guebely, escritor, PhD en Literatura, columnista invitado en Lachachara.co

Apenas pude, compartí mi sueño con el primer taxista que encontré rumbo al trabajo: ‘Si no podemos corregir a los políticos, entonces legalicemos su inmoralidad’, le dije. Insistí en crear, por ejemplo, el Banco Nacional del Voto (B.N.V.), una institución oficial para vender votos a cualquier aspirante electoral. Tendríamos muchos beneficios. Acabaríamos con la mentira de la democracia, sólo quienes tengan recursos económicos entrarían a sus oficinas. Los ingenuos comprenderían de una vez para siempre que vivimos en una plutocracia, gobiernos de los más ricos. Nos evitaríamos el cirirí de Santos haciendo promesas que nunca cumple o el populismo de Vargas Lleras fungiendo como un Robin Hood con el erario.

Uribe no habría distorsionado la Constitución del 91 para reelegirse y Samper habría legalizado los dineros del narcotráfico en vez de que Fernando Botero se los llevara para México. No tendrían que pagar por el asesinato de un candidato aventajado como Luis Carlos Galán o Jorge Eliécer Gaitán. Todo se resolvería haciendo filas frente a las ventanillas del B.N.V.

Ilustración por Luc Vernimmen, Bélgica.

Ilustración por Luc Vernimmen, Bélgica.

Jamás volveríamos a presenciar tantos actos insólitos en el día de las elecciones: enfermos levantándose de sus lechos de muerte para votar, esqueletos saliendo de los cementerios con el voto en la mano, ancianos compitiendo veloces en sillas de rueda, votantes desplazándose como pueblos nómadas, funcionarios de la Registraduría componiendo resultados mágicamente.

Los políticos no acudirían a los capos de la mafia, se ahorrarían los dineros de las encuestas trucadas y las de los mercaderes del voto. No mantendrían un camión lleno de tejas, estacionado en plaza pública, para convencer a sus votantes; ni darían un zapato al momento de votar y, otro, al ser elegidos.

El B.N.V. desinfectaría la política colombiana. Evitaríamos un mundo de artimañas: un vicepresidente cultivando votos en las carreteras de cuarta generación; un congreso intrascendente intentando neutralizar las mañas del vicepresidente discutiendo sobre equilibrios de poderes; un astuto procurador tratando de habilitar a los capos del voto comercial para elegirse presidente de la Nación.

Sin las afugias de conseguir votos de cualquier manera y a cualquier precio, los políticos se volverían honestos. Fumigaríamos sus conciencias donde se encuban las bacterias de la sociedad.

El taxista, mirándome por el retrovisor, me dijo: ‘No sea iluso, señor. La política no es oficio de buenos. Más fácil es encontrar una galleta de soda entera en el bolsillo trasero de un borracho, después de ocho días de parranda, que un político sano’. Reconocí entonces que había soñado una pendejada.

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