El festival de la maracachafa, música y libertinaje en Barranquilla

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El arte fue la excusa para dar la bienvenida  a la libertad en todos los sentidos. Barranquilla abrió sus puertas a la cultura electrónica.

Por: Gerson De Jesús Brugés González– chacharero

La noche es la compañía ideal para ocultar y disimular, mediante la música, la libertad de la juventud que hoy lucha por ser una generación más influyente. Entre luces de colores, sonidos electrizantes y semblantes extranjeros de propios y extraños se realizó una nueva edición del “Electronic Art Festival”, un espacio que empieza a tomarse las noches barranquilleras de los jóvenes.

Nuestra ciudad, además de abrirles las puertas a nuevos negocios y oportunidades de exportación e importación, también abre un espacio para que la cultura extranjera pise tierras caribeñas, e influya gustos musicales de los adolescentes y jóvenes. El patio de nuestras casas ya no es visto como un lugar de descanso y ocio donde los abuelos sentaban sus historias, este lugar típico de las casas han sido transformados en plataformas de fiestas y discotecas. Lo ordinario y sin gusto pasa a ser el espacio perfecto para imponer el talento artístico convirtiéndolo en el lugar que camufla las libertades sin discriminación alguna de los amantes de la música electrónica.

«Gente rara» es el comentario de Mónica Payares, una chica que pisa por primera vez la zona nocturna de la música electrónica en la ciudad. Muchos pensarán que se trata de personas del otro mundo, esto es un tema de percepción subjetiva, cabe resaltar que para lo que Mónica denomina raro son aquellas mezclas de personas jamás vistas reunidas en un solo lugar, mujeres por no decir niñas disfrazas con atuendos egipcios y griegos. Alemanes, norteamericanos y franceses mandaban la parada dentro del ambiente festivo de la cultura electrónica.

Bob Marley flotaba entre ellos

Cabe resaltar que la figura del mayor icono de la música reggae Bob Marley ha sido ultrajada al referirse siempre con la utilización de la marihuana, no es un secreto y el festival no lo pretende ocultar por ningún lado, dándole permiso a sus asistentes a encender un porro de cannabis para ambientar el lugar, la atmósfera es escondida por la responsabilidad supuestamente de sus asistentes mayores de 18 años.

Al adentrarse en el lugar es imposible no pisar una caja de cigarrillos, como si hiciera parte de la decoración. Entre los fuertes vatios producidos por las consolas en los bafles se escucha el comentario de “huele a pollo” y no precisamente era una pechuga frita. A buen entendedor, pocas palabras.

La sexualidad domina el lugar, que por la dignidad y modestia del ser caribe no se convertían los lugares de asientos en escenas de Sodoma y Gomorra, pero nunca se escapa el baño, lugar donde más de uno fue descubierto en sus andanzas virginales. A pesar de descubrir tantos comportamientos a los ya acostumbrados a ver, lo más sorprendente es observar que la amabilidad y el respeto priman en relación interpersonal con los raros del patio, los valores están presente pero la moral es efímera.

Música, grafiti y arte urbano

Once y media de la noche, la luna no alumbra sobre el patio electrónico queda oculta bajo la distracción del sonido de las latas de aerosol las cuales son los lápices mágicos de talento artístico juvenil, en medio de la penumbra estaba plasmado el arte vanguardista entre colores oscuros y fosforescentes deja la huella de que el festival va más allá de escuchar solo música foránea, entre las personas se encuentra algún dibujo de Artemisa, se halla algún diseño del periodo barroco y se observa la cultura propia de los grandes festivales de Europa y Norteamérica.

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El libertinaje es literal, un ejemplo de cultura ciudadana que en muchas veces no captan los medios de comunicación es oculta dentro de estas actividades, donde se haya respuesta a la tan anhelada cultura barranquillera, la diferencia es que en este contexto es dirigida a la relación con las demás personas y la que necesitamos es la relación con lo que nos rodea. Evidenciado queda en los estudios de Paul W. Taylor quien denota la ética no antropocéntrica donde el resultado de nuestra conducta es para el bien propio y del entorno.

Triste es comparar dos ambientes típicos de la ciudad, uno donde si dos lesbianas se besan, un hombre tropieza con otro, y una extranjera se pierde, no pasa absolutamente nada,  las aceptan, se disculpan y la ayudan a orientarse; en cambio, en otro contexto musical diferente, a las lesbianas las insultan, al hombre lo apuñalan y a la extranjera la roban. La electrónica no es santa pero de manera increíble genera cultura entre los participantes homosexuales, lesbianas, hombres y mujeres, la barrera desaparece y los valores se fundamentan en entender que cualquier escenario empleado para la libre expresión da como resultado una comunidad pacífica donde la seguridad no espabiló durante toda la noche, al mejor ritmo de los Djs alemanes Buzzika y Niklas Stadler.

La fanaticada electrónica en la ciudad es grande y poco a poco llegará a las puertas de casa, la música anglosajona tiene poder, en las manos de la juventud está vivir una cultura sana, libre de drogas y perjuicios.

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