Mal negocio

1708

La guerra en Colombia ya no es un negocio. Es más rentable la minería y los mercados, a costa de la población y el medio ambiente. A Sarmiento Angulo y a los inversores les daba igual Santos o Zuluaga.

Por Jorgue Guebely*

Jorge Guebely

Jorge Guebely

Uno de los mayores inversores de Colombia, Luis Carlos Sarmiento, financió las dos recientes campañas electorales y defendió públicamente la del presidente Santos. Actitud “incluyente” en lo económico y excluyente en lo político. Moral histórica: promover divisiones políticas para imperar económicamente. Estrategia del poder financiero internacional en todos los países de la tierra.

Luis Carlos Sarmiento Angulo

Luis Carlos Sarmiento Angulo

Modelo ya practicado en la Colombia de 1810. Hubo préstamos para todas las banderas en conflicto. Incluso, hubo préstamos para la aristocracia española a quien querían arrebatarle los mercados del Nuevo Continente. Los gritos de independencias nacionales se hicieron con capitales internacionales. La guerra contra el colonialismo español trajo las cadenas del neocolonialismo mundial. Los patriotas fueron maniquíes maniatados por los préstamos otorgados en Europa.

Bolívar, conservador aristócrata con aspiraciones dictatoriales, tuvo que actuar como ‘liberal y libertador’ para cumplir con los mandatos de los capitales internacionales. Dineros que llegaban con un catálogo de imposiciones.

Leer las obras del profesor Antony Sutton es entender ese diabólico entramado, perversa fusión de moral política con moral económica, inclusión y exclusión al mismo tiempo. Moral practicada por las dinastías económicas que sólo les interesa el dividendo. Poco les importa la proliferación de guerras mundiales o nacionales, con sus asesinatos, si hay rentabilidad.

Políticamente crearon bandos para estallar las dos guerras mundiales. Dirigentes de ambos lados recibieron gruesas sumas para invertir en la industria armamentista. Los medios de comunicación masivos dividieron a los pueblos exacerbando el patriotismo. Hitler contó con los mismos capitales que desarrollaron las tecnologías guerreras de los aliados. Los países en contienda se convirtieron en jugosos mercados de guerra.

Incluso, la revolución bolchevique, según Sutton, fue obra del mismo plan. Dividieron políticamente el mundo entre comunistas y demócratas mientras la tecnología guerrera de Rusia se alimentaba de Occidente. Mercados que producían jugosas ganancias y millones de muertos.

¿Quién surtió los dineros para que Trotsky viviera cómodamente en New York y Lenin se desplazara permanentemente entre Alemania y Rusia? Ninguna revolución de esas magnitudes se financia con cuotas de militantes obreros.

El mejor negocio de las élites financieras: comprar políticos en todos los mostradores del mercado.

Colombia es presa de esa moral diabólica: importa invertir en dos campañas iguales y apoyar políticamente la más conveniente para el momento. Los inversores nacionales e internacionales saben perfectamente que el negocio en Colombia se halla en sus minerales y sus mercados. No en una guerra pobretona hecha con tatucos y minas ‘quiebrapatas’, sin bombas mayores ni gases venenosos. Hoy, la guerra colombiana es un mal negocio.

*Jorge Guebely es escritor y columnista de varios medios nacionales

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