Batalla en el Calancala no será de flores

1274

Los alrededores de El Recreo, San Felipe, San Isidro y hasta el cementerio Calancala, mantienen la zozobra por el enfrentamiento anunciado de pandillas durante el Carnaval.

Por Jorge Sarmiento FigueroaEditor General

Ramiro* se fuma el tabaco de la mañana en un bordillo del barrio El Recreo de Barranquilla. Vigila la calle aunque el sol refulge sin dejar escapar sombras que puedan sorprenderlo desde las esquinas.

Foto cortesía de El Heraldo

Foto cortesía de El Heraldo

Los medios de la ciudad informaron de un enfrentamiento entre pandillas durante el sepelio de un joven en el cementerio Calancala. Reflejaron la tristeza colectiva que provoca la profanación violenta del Campo Santo.

Ramiro, que es líder de uno de los “boros” (es el nombre que ellos le dan a ese tipo de pandillas), afirma que “eso lo cuentan así pa’ no dar visaje, pa’ que la gente crea. Pero ese mismo día del entierro, allí mismo, dimos de baja a uno de los del otro ‘boro’  que vino a azarar la vuelta”.

Por eso vigila la zona. Su narración a Lachachara.co es posible conocerla en el bordillo, mientras dure el punto muerto de esta guerra de pandillas.

Ramiro, ¿van a convertir en un peligro para las personas, que nada tienen que ver, los alrededores de sus barrios durante el Carnaval? Lamentablemente, sí. Nos cuidamos las espaldas unos a otros, pero cualquiera del ‘boro’ se puede encontrar con el enemigo frente a frente y no queda de otra que armar nueva batalla.

¿Qué puede pasar entre ustedes? Yo diría que puede haber guerra entre nosotros, nos podemos encontrar con los enemigos. Lo que tengo mentalizado es que a partir de lo que pasó en el cementerio ellos tomarán iniciativas como de atacarnos en los cuatro días de fiestas. Presiento otro muerto, pero uno nunca sabe. Eso es lo que más o menos se denomina.

¿Qué fue lo que pasó en el cementerio? El que dio las versiones en los medios, ese muchacho es uno de los afectados del ‘boro’ adversario. Ya se tenía murga entre personajes de ambos ‘boros’, se habían tenido riñas, se habían enfrentado, se habían cortado, incluso uno de nosotros fue el que inició esta batalla, casi se lleva a uno en la 41. Desde ahí, aquellos, el enemigo, tomó iniciativa y nos dio de baja a uno. El día del cementerio estábamos todos ya normalmente enterrando a nuestro compañero, todo estaba normal, cuando nos dimos cuenta sonó una explosión de una ‘papa bomba’, entonces salimos del cementerio y estaban todos nuestros enemigos afuera y tuvimos que mentalizarnos sobre la marcha: había que enfrentarlos, parados duros en la raya, firmemente, como durante media hora. Digamoslo así.

¿Y qué pasó? De acá de estos lados en esa batalla pudimos coger a dos. Uno que salió en el noticiero hablando de que salió herido y otro que… pues… lamentablemente falló. Falleció. Eso no lo relatan porque tampoco hay que estar hablando mucho, eso después es más largo y no aguanta.

Foto cortesía de ADN

Foto cortesía del diario ADN

No hay motivos

Para Ramiro basta cualquier cosa para que haya enfrentamientos entre jóvenes que se vieron crecer de parque a parque, de cancha a cancha. “Piedras, navajas, cuchillos, chopos y, si hay necesidad, un ‘trueno’, más conocido como un revólver. Nos peleamos con lo que sea”.

¿Pero se pelean así desde niños? Hay unos que tienen sus cinco, seis o siete años en la murga, otros que inician, que apenas están empezando en el grupo. Se basan de una penitencia para ser pertenecientes al grupo. Edades: como de dieciséis en adelante.

¿Qué los motiva a hacer parte de esta violencia, de formar conflictos entre ustedes? Las represalias son por falta de respeto contra el ‘boro’ de uno, contra el grupo. A veces se pelea por mujeres, todo es murga. Uno pelea es por lo suyo, ya.

¿Pero qué los motiva a hacer eso? Yo diría que motivación, no. Ya es como una pasión que uno vive. Y pues, ¡ajá!. uno se recrea, conoce gente. ¿Qué por qué uno hace esas cosas? Todos tienen sus problemas, como todo. Y las murgas se dan por alguna y llana razón.

La murga

Ramiro mira los barrios de su alrededor como si fueran una selva en la que solo él, su grupo y los demás ‘boros’ habitaran, enfrentados bajo la luna y el sol. Mientras, los vecinos mayores y los niños se resguardan de sus propias calles. “A esos muchachos les faltó familia. Ni en los colegios los pudieron aceptar”, se queja cansada una abuela que ha vivido toda su vida cerca del Calancala, frente a su terraza la ventolera acumula las hojas que ella no barre por miedo a las pandillas.

La ‘murga’ que marchita estos barrios es formada por esos ejércitos de niños y jóvenes que no conocen la verdadera guerra aunque juegan a crearla, la llevan a la realidad, provocan a la muerte y luego sienten que les es imposible desertar.

Hasta ese día, Ramiro solo había desertado del colegio, pero aprendió el significado de “deserción” para advertir a los que pasen la penitencia de su ‘boro’ que el que entra no sale, y se sale es enemigo.

“La palabra ‘murga’ es para que la gente no sepa de qué se está hablando. Ya en el boro se sabe qué es murga. ‘Boro’ es el nombre de las agrupaciones. Una cantidad, digámosle 20 ó 30 personas y se crea. Ese personal se coloca un nombre para ser reconocido, identificado por todos. El que se meta con el ‘boro’, hay ‘murga'”.

Las palabras de Ramiro son el fiel ejemplo de la descomposición social que hay en los sectores más vulnerable de las urbes colombianas como Barranquilla, la ciudad que, contradictoriamente, se declara la más feliz en las encuestas. Lo de Ramiro refleja al niño que fue abandonado por su madre que lo tuvo, de padre desconocido, cuando ella apenas era una niña. Y trajo al mundo a una criatura que creció sin amor, sin caricias. Miles de Ramiro en Barranquilla y Colombia buscan una segunda oportunidad, ser ayudados para que renazca en ellos una esperanza por la vida, no por la muerte violenta.

*Ramiro eligió su nombre para contarle a Lachachara.co su verdad. El tabaco se acaba, ya va a ser mediodía, hora en que el resto del ‘boro’ se levanta. Él estaba despierto desde antes para aprovechar un punto muerto en que la policía no ronda sus calles, en que los de los otros ‘boros’ duermen también.

A esta hora la maldad que ha crecido en su mente ya no permite que él imagine cómo sería si no estuviera en esta guerra, sino en la Batalla de Flores.

Gracias al Chacharero anónimo que contribuyó a hacer posible esta crónica de Carnaval.

Compartir.

Acerca del Autor

4. Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Editor general de Lachachara.co y gestor de proyectos de la Fundación La Cháchara. Ejerce el oficio periodístico desde niño, combinado en la actualidad con la docencia universitaria, asesorías en comunicación para personas y organizaciones. También practica manifestaciones artísticas como la poesía, la pintura y la realización audiovisual. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3182484320

Los comentarios están cerrados