El día que Rubén subió a El Cielo

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En El Morro, corregimiento de Tubará, hay un barrio en lo más alto del cerro guardián de ‘La Piedra Pintada’. Hasta allá subió Rubén Darío Sarmiento. Ahora volvió a subir al cielo para siempre.

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 “Yo quiero subir a El Cielo hoy”, dijo ese día Rubén Darío Sarmiento a un grupo de hermanos y parientes suyos reunidos en una cabaña en la urbanización El Santuario, cercana al cerro guardián de la famosa ‘Piedra Pintada’, un claro vestigio de los Mocaná.

Rubén Darío hacía parte del grupo que en aquellos momentos discutía sobre el proyecto de crear una página periodística en internet, hoy convertida exitosamente en www.lachachara.co, porque él, sin ser periodista, era un poeta, novelista y soñador empírico y eterno.

Sin pensarlo más, uno de sus hermanos le siguió la corriente y se fueron a trepar un empinado cerro con despeñadero, piedras movedizas y vegetación agreste. Por fortuna había un nativo (que resultó ser barranquillero), cazando conejos y aves silvestres. Se convirtió en guía, porque su casa quedaba en una de las esquinas de la punta del cerro, una planicie en donde hay 25 casas (no caben más). Casi todos son apellido Blanco, Corro, González. No hay más apellidos. Se casan entre primos y otros parientes cercanos. Cuando el viajero pone el pie en la última piedra y se impulsa con ambas manos para alcanzar la planicie, siente de verdad que ha llegado al cielo. El corazón deja de aletear como pájaro asustado, la respiración, poco a poco, vuelve a la normalidad.

“¡Caray, de verdad siento que he subido al cielo!”, exclamó Rubén Darío. “Por primera vez”, se apresuró en aclarar.

Este sábado, a la una de la madrugada, Rubén Darío subió por segunda y última vez al cielo. Su sepelio será este domingo a las 10 a.m. en Jardines de la Eternidad de la vía Circunvalar.

Nació el primero de enero de 1951 en Corozal, Sucre, en el hogar formado por Antolín Sarmiento Acosta (ya fallecido) y Raquel Vergara. Le sobreviven nueve hermanos: Julio César, Rafael Antonio, Bertha Marina, Noris, Heydi, Luis, Ramiro, Aljadis, José María, y Biliardo.

Antolín, el padre de Rubén Darío, era un clarividente inédito. Al hermano mayor de Rubén Darío le predijo que sería escritor y amante de la política. Y a Rubén Darío, con enorme clarividencia, le puso el nombre de su admirado poeta nicaragüense autor de numerosas obras (relatos, poesías, novelas) entre ellas ‘Azul’ y ‘El rey burgués’, y cuyo nombre de pila era Félix Rubén García Sarmiento. Después adaptaría el nombre artístico de Rubén Darío.

Rubén Darío, el corozalero, desde niño fue un amante de la aventura, la poesía y la fiesta. Se paseó por cuanta finca iba comprando su abuelo José María Sarmiento en las sabanas de Bolívar y Sucre, en La Mojana, en el lejano Coco Tiquisio, Altos del Rosario, La Pacha, El Sudán y todas las poblaciones ribereñas de las ciénagas de El Sudán y Coco Tiquisio.

Colgado de la cola de un caballo atravesó ciénagas y riachuelos como compañero de vaqueros que trasladaban el ganado de su abuelo de un lugar a otro. Recorrió las quebradas, caños, y riachuelos que bajan del cerro del Corcovado recogiendo las canoas y la madera como ayudante de su padre Antolín, que era un comprador al por mayor para vender en Barranquilla.

Ya adulto, decidió anclar en Barranquilla con uno de sus hermanos mayores. Montaron un negocio de cafetería. Luego fue administrador de un restaurante de «caché», cuya chef, Isabel Támara, se convirtió en su mujer. Con ella tuvo 4 hijos: Rubén Jr., Sergio, Sairo, y Sadavis. Y adoptó como propias las hijas de una primera unión de Isabel, Rocío y Patricia Forero, quienes siempre lo consideraron como su padre.

Después de su periplo como comerciantes, cuando su hermano mayor inició su oficio de periodista en el desaparecido Diario del Caribe, allí estuvo Rubén Darío como jefe de cobranzas durante 7 años. Luego fue contratado por la Secretaría de Impuestos Municipales como liquidador de gravámenes. Allí estuvo 5 años. Porque le salió un puesto mejor remunerado en la desaparecida Adpostal, en donde laboró como jefe de despacho durante 15 años, hasta cuando el entonces Presidente Uribe decidió, a troche y moche, liquidar Adpostal para crear una empresa privada (se asegura que entre los socios hay familiares cercanos de Uribe), que lleva como nombre la placa de un presidiario: 428. A los empleados de Adpostal, en su mayoría, los echaron a la calle sin prestaciones sociales y sin el pago de su última quincena. En el caso de Rubén, el caso fue tan infame que no se respetó el retén social que a él lo cobijaba, pues ya estaba tramitando su pensión de jubilación a la cual legalmente ya tenía derecho. Tuvo que contratar un par de abogados (uno en Barranquilla y otro en Bogotá), para que le reconocieran sus derechos. Al final ganó esa batalla. Le pagaron con retroactivo y quedó con su pensión. Fue poco lo que pudo disfrutar de lo que con tanto anhelo esperó durante más de ocho años. Uno de los miles de casos de los atropellos de la era uribista.

Rubén Darío nunca guardó rencor por esas situaciones. Era un hombre noble, sencillo y afable. De él se puede decir, parodiando al difunto Poncho Cotes Queruz: “yo nunca tuve dinero/ porque no me interesó/ pero sí he gozado yo/ de las cosas que más quiero”: una parranda en Villa Nira, una subida a El Cielo, una tarde de mar en Playa Abello, una jornada de pesca y estar reunido con sus amigos “aunque sea para hablar paja”, como solía decir, cuando se sentía cansado de su negocio informal de los últimos tiempos: la venta de fritos al lado de su querida Isabel Támara.  Agradecido de la vida. Amante de la buena música y la fina bebida. Bailador peculiar al que le hacían ruedo y aplaudían, declamador profundo cuando el alcohol había entusiasmado sus neuronas, era, además, dueño de la  mayor de las virtudes que pueda mostrar un ser humano: la gratitud.

Ese era Rubén, hermano un año menor de uno de los chachareros, a quien con el corazón alegre y el alma iluminada despedimos hoy su madre Raquel, su mujer Isabel, sus hijos, hermanos, familiares y amigos que lo quisimos de manera entrañable. Debe estar seguro él que jamás vamos a olvidar sus chispazos de humor, sus versos declamados con emoción, su tesis sobre el origen del apellido Sarmiento: “en español sarmiento es el retoño de un árbol, de una planta, de un tubérculo…eso somos nosotros, retoños reproductores”. Paz en su tumba y feliz estancia en el cielo, ahora que ha subido por segunda vez. Y para siempre.

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Chachareros

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