Gabito, en la lupa de su hermana Aída

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Por Rafael Sarmiento Coley

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‘Gabito vivió rodeado de un mundo propicio para su trabajo de escrito’, Aída.

Deslumbra la fidelidad con que los García Márquez se aferran a los datos que quedaron grabados en el disco duro de su niñez. Esta vez es Aída García Márquez, una de las menores, quien vistió los hábitos de monja (aunque sin ellos sigue con el mismo comportamiento respetuoso, sana y sabio, para hacer una excepción a la regla y demostrar que el monje es monje con hábitos o sin ellos), y luego se dedicó a la sagrada misión de docente. Sin dejar morir, gracias a Dios, el gusanillo que parece ser un don genético en dicha familia, la facilidad para la escritura.

En su reciente obra publicada ‘Gabito, el niño que soñó a Mancondo’, Aída registra con minuciosidad, como en su momento lo hizo su hermano Eligio Gabriel tempranamente fallecido, todo el tejido social en que se movían en su niñez en los mundos distintos y distantes (aunque en una misma región, la Costa Caribe colombiana). Desde la Zona Bananera por donde ronroneaba el tren por entre las plantaciones de banano desde Fundación, Aracataca, Riofrío, Ciénaga, Santa Marta, los palafitos de la Ciénaga Grande, sus manglares infinitos por entre los cuales rompía el agua bravíamente la lancha en medio de los ejército de mosquitos, hasta la Barranquilla deslumbrante y pujante, la Cartagena señorial y elitista y la misteriosa zona de la Mojana sucreña de la Ciénaga de la Sierpe, el muerto bailón, la virgencita de la suerte y la culebra encantada.

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Aída García Márquez, autora de la obra y el psiquiatra de la familia Patricio García.

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Margoth, la que le ponía el cascabel al gato.

La abuela paterna de los García Márquez, Argemira García Paternina, nació en Caimito –pleno corazón de la Mojana en un cruce de quebradas, caños, riachuelos, y caminos de vaquería- el 14 de septiembre de 1887 y murió en Sincé el 10 de marzo de 1950, quien vivió en unión libre con el ganadero sinciano Gabriel Martínez Garrido. Lo que significa, en buen romance, que el único retoño de esta pareja, nacido en Sincé el primero de diciembre de 1901 y fallecido en Cartagena el 13 de diciembre de 1984, debió llamarse Gabriel Eligio Martínez García. Por lo tanto hoy los García Márquez no fueran García Márquez, sino Martínez Márquez.

El incidente no tendría la menor importancia si no fuera por el pegamento que hay detrás de la costumbre de esa época de que sólo al hijo legítimo se le concedía el apellido del padre. Al natural, o concebido fuera del matrimonio, le acomodaban el de madre. Cosas de la santa iglesia católica, apostólica y romana. Y era un orgullo de madre no tener que arrodillarse ante el compañero ocasional para que reconociera la paternidad de su hijo. Pero, como todo cambia, en los tiempos de hoy, hasta el engreído Franco Nero tuvo que dejar sus pistolas en Hollywood y venir a Cartagena a darle el apellido al monito de ojos verdes que tuvo con una negrita palenquera que trabajaba de doméstica en la casa de familia donde se alojó. Lo jaló la Fiscalía.

Uno de los aspectos que bien vale la pena tener en cuenta en la narración de Aída, al margen de los asuntos secundarios, es que Gabito nació con ese sueño: ser escribir, contar historias, pintar mundos imaginarios. Y su sueño se fue volviendo realidad, no por obra y gracia del Espíritu Santo, sino por la tenacidad del muchacho y por la ayuda externa e interna que recibió de la familia. Especialmente de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, que en materia de conocimientos iba dándole gusto a todos los deseos de su precoz y perspicaz nieto. Mapas. Diccionarios. Libros de geometría, matemática y física. Literatura antigua. Gabito se leyó Las Mil y Una Noches cuando todavía los muchachos de su época andaban coleccionando los caramelitos de los artistas del cine mejicano.

Como si fuera poco, su infancia transcurrió rodeada del más puro y elemental afecto, sin arrumacos ni pechiches. Se querían y respetaban entre todos los hermanos. Y los querían los mayores que los rodeaban. Además, eran compinches para manejar sus miedos. Ese terror al cuarto de los santos en noches de rayos y centellas lo superaban con frases claves y con burlas a san Antonio porque se dejó caer la capa de un ventarrón o con regaños a San Lázaro porque parecía que le estaba picando el ojo a Margot, cuando no era más que el reflejo fugaz de un relámpago en el rostro de yeso.

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Edgar Ramírez, gerente Librería Nacional Buenavista.

Del mismo modo la narradora nos revela algo asombroso. El hecho de que Gabito se comportara como un muchacho de gustos mayores, no le quitó su alma de niño inquieto, travieso, preguntón, tumbador de floreros, roba-guineos en tienda de viuda. Es decir, se tragó su vida normal de niño de pueblo, y, en  forma paralela desarrollaba por dentro su sueño de escritor, almacenando en su bitácora lo que le interesaba para su mundo literario. Para agradecer de manera muy sincera estos aportes de Aída García Márquez (la cuarta de ocho hermanos, detrás de Gabito, Luis Enrique y Margot), que son como centellazos prolongados para ver con mayor claridad el encantador y nunca bien conocido Mundo de Macondo, ese árbol que no es más que un palo maluco y sombrío que no da frutos ni madera, pero que prestó su nombre al dueño de una finca en la vía a Aracataca para que le pusiera el nombre pintado en una lata de hierro. Gabito lo cogió al vuelo y lo inmortalizó.  Escribió: Rafael Sarmiento Coley

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