En fútbol, Brasil limita con Barranquilla

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Con motivo de la reciente y demoledora victoria de  Brasil ante España en la Copa Confederaciones, Andrés Salcedo evoca una época en que los brasileños eran los ídolos de toda una generación de aficionados al buen fútbol.

Foto Andrés SalcedoLa Colombia de mi infancia era un país ensotanado y pudoroso donde la mayor parte de la gente se moría en la cama, de muerte natural. Había ministros de monóculo que hablaban como lingüistas y las reinas de belleza eran espléndidas y rollizas muchachonas del trópico que jamás habían pasado por un quirófano. Un país que cabía en la hoja parroquial.

Pero los diarios bogotanos, que llegaban a Barranquilla todavía fríos por el viaje en avión, nos revelaban otro país: oscuro, violento, resentido.

Conservo intacta la memoria de un tiempo de travesuras, de dulces ensoñaciones y hermosos delirios. Las calles de San Roque, mi barrio,  me eran tan familiares que hubiera podido andar por ellas con los ojos vendados, orientándome tan solo con el olfato, como los perros callejeros que se la pasaban copulando todo el tiempo en la placita de San Mateo.

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Tomada de www.skyscrapercity.com

En mi barrio, el vecindario se llenaba de voces desde el amanecer. Bella época en que aún hablábamos todos la misma lengua. El boticario de bigotes engominados que memorizaba todos los discursos de Gaitán y los soltaba borracho por las noches en la tienda del cachaco. El peluquero de zapatos blancos que se ganaba todos los años el concurso de mambo en el salón Carioca. El policía de polainas, que todas las tardes esperaba a la muchacha del servicio bajo el palo de pivijay.

Mi barrio. Románticas genealogías de locos, vagos, vírgenes y malandrines. Junto a ellos completé mi aprendizaje del mundo.

Hasta que llegó el fútbol a nuestras vidas y ese abigarrado, calmo y previsible paraíso proletario se perdió para siempre. Mario Abello, un gordo miope y campechano, de gran visión comercial, era el presidente del Atlético Júnior.  Mucho antes que García Márquez, él sostenía que los brasileños eran caribes del sur y decía, medio en broma, medio en serio, que la culpa de que ellos y nosotros no habláramos la misma lengua la tenía el rey Alfonso de Portugal. En Brasil, como en estas costas, la afortunada mezcla de blancos invasores, indios silvícolas y negros africanos había provocado, según él, un mestizaje rico y profundo y la misma mentalidad y visión de la vida. Las novelas de Gabo y de Jorge Amado le han dado la razón al astuto dirigente. Abello figura en la historia del Júnior como el hombre que implantó la tradición de contratar jugadores brasileños con el argumento de que se adaptaban mejor a nuestro entorno que los de otros países de la América del Sur.

junior viejoDe las primeras importaciones es poco el recuerdo que ha quedado. Pero Gil Bernardo, su hermano Hildo y Edgar Pinho tienen el mérito de haber inaugurado la diáspora en 1949. Poco después llegó la primera gran estrella:  Elba de Padua Lima, Tim, una de las figuras legendarias del fútbol brasileño. Con él o después de él, llegaron muchos otros: Aroldo, Ary, Norival, Gerson Dos Santos, Marinho Rodríguez de Oliveira, Demóstenes. Y el más grande de todos, Heleno de Freitas, a quien Mario Abello, chequera en mano, fue a buscar personalmente a Río a comienzos de 1950.

Heleno exigió a Abello un Cadillac amarillo, como el que tenía en Río, con chofer, ojalá uniformado, y le adelantó que sólo entrenaría dos veces a la semana porque para mantener su estado físico a él le bastaba con la gimnasia sueca. Cuenta la leyenda que llegó acompañado de un secretario al que llamaba, con imperial respeto, “senhor Benigno” y era el encargado de establecer los contactos eróticos con las pocas damas liberadas que en la Barranquilla parroquial de entonces subían encantadas a la suite del promiscuo astro en el Hotel Alhambra.

helenoAntes de su llegada, cuando ya se daba como un hecho su contratación, no había día en que los diarios locales no publicaran todo tipo de informes sobre él. Que era abogado y políglota. Que encargaba el corte de sus trajes a un sastre inglés de la avenida Ouvidor de Río de Janeiro. Que frecuentaba la más refinada bohemia intelectual de Río. Que era adicto a las drogas y a la ruleta.

Aunque hacía un año había pasado por el Boca Júniors argentino y acababa de coronarse campeón con el Vasco da Gama, lo cierto es que Heleno de Freitas llegó al Júnior en el ocaso de su carrera. Muy atrás habían quedado sus tardes de apoteosis con el Botafogo y, en 1945, con la selección de Brasil, donde integró un ataque de miedo con Tesourinha, Zizinho, Jair y Ademir de Menezes.

Muchas de las extravagancias, insolencias y salidas de ropa, que en Barranquilla fueron celebradas como divertidas provocaciones de un loco  genial, eran ya síntomas de una enfermedad que se agravaría al paso de los años: sífilis cerebral. La misma que acabó con la vida de personajes tan disímiles como Al Capone y Federico Nietzsche. La de Heleno se apagó el 8 de noviembre de 1959 en el hospital para enfermos mentales de Barbacena. La decadencia física y la demencia habían desfigurado el rostro del hombre a quien los periodistas habían bautizado en sus años de gloria como “el futbolista más bello de Brasil».

Andrés Salcedo escribió una novela sobre la llegada de Heleno Da Freitas a Junior y su periplo hasta la muerte

Andrés Salcedo escribió una novela sobre la llegada de Heleno Da Freitas a Junior y su periplo hasta la muerte.

El año en que Heleno de Freitas jugó en el Júnior y los años que siguieron, aumentó en Barranquilla la veneración  por el fútbol brasileño. La llegada de nuevos jugadores era un acontecimiento que alteraba el ritmo de nuestras vidas. Los niños de mi barrio atravesábamos la ciudad para ir a verlos, aunque fuera de lejos. Venían en bandadas, como las aves viajeras, todos los eneros. Nos apiñábamos en las puertas de los hoteles tan sólo para escucharlos hablar lo que yo creía debía ser la lengua oficial del paraíso.

Verlos jugar era ya el delirio. El deseo de divertirse que mostraban cuando la pelota era de ellos, nos producía un placer que era físico y espiritual al mismo tiempo. Aquello era samba tocada de memoria con una suficiencia que rayaba en el desdén. Los brasileños traían el barrio pegado al calcañar. Y le pegaban a la pelota con unos pies ungidos, urgidos, de alma. Una coreografía tugurial que ha permanecido, inviolable y sagrada, en la memoria colectiva de los barranquilleros. Como el descubrimiento de la sexualidad. O como los sones de Beny Moré.

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Tomado de www.ligafutbol.net

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