“Si no hubiera sido por la leche de burra, no estaría echando el cuento”

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En la cuarta entrega de la serie de crónicas de los ‘Hombres de Hierros, Carlos ‘Capo’ Herrera cuenta su historia y asegura que “mi vida se la debo a una” hembra asnal.

Por: Francisco Figueroa Turcios

OLYMPUS DIGITAL CAMERA“Cuando cumplí los trece años, mi tía Elia Villar, me sentó en un taburete  y me dijo: te voy a  decir la verdad… yo no soy tu mamá. Mi cuñada, cuando tú tenías dos meses, te acostó en una hamaca, me hizo señas que regresaba y, hasta el sol de hoy no apareció”.


Carlos ‘El Capo’ Herrera Villar está tan emocionado contando el relato de su propia vida, que no se ha dado cuenta de que por el cuero curtido de sus mejillas marchitas bajan gruesas gotas de lágrimas. Es como si, con evocar esos recursos que no se han perdido en la nebulosa página de su niñez, estuviera lavándose el alma. Y las gotas de lágrimas son  el agua sucia de la limpieza por dentro.


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“Nací con un problema gástrico, que no asimilaba la leche de vaca, luego buscó una cabra en una finca cercana a Plato, Magdalena, y también la vomitaba. Mi abuela le dijo a mi tía, que probara  con leche de burra”. (Elia, en principio, puso en duda aquella idea. Le pareció descabellada. Nunca había oído que los humanos tomaran leche de aquel cuadrúpedo de carga y ‘juguete’ para otras diversiones para los muchachos). “Ella, luego de una búsqueda intensa, encontró una burra parida y convenció al dueño para que diariamente le regalara la leche…se hizo el milagro: sí asimilé la leche de burra”, admite Herrera Villar.


Jamás ha olvidado que hasta los cinco años estuvo tomando leche de burra, su tía amorosa se las ingeniaba para obtener el líquido nutricio asnal. Y sin ambages asegura: “si no hubiera sido por la leche de burra, hoy no estuviera echando el cuento, porque todo lo que me daban lo vomitaba…por eso yo saco la conclusión que mi vida se la debo a una burra y no a mi madre, quien me abandonó a los dos meses.


OLYMPUS DIGITAL CAMERA Por eso jamás le pregunté ni a mi papá, ni mucho menos a mi tía cómo se llamaba mi mamá. Esa noticia me dio duro y tomé una determinación: dejar a mi pueblo y decidí viajar  a Barranquilla a escondidas, por lo que me tocó buscar dinero entre algunos amigos para el pasaje y tener algo con qué comer algunos días….recuerdo que el bus me dejo en Barranquillita. A esa edad comencé a trabajar allí en las colmenas y me gradué en la universidad de la vida. Soy analfabeto, pero empíricamente aprendí los oficios de electricista, pintor, jardinero, y carpintero”, confiesa este luchador de la vida.


VECINO LOTE PELDAR..


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Hace 20 años Carlos tomó la decisión de dejar de trabajar y residir en el sector de Barranquillita, por la inseguridad que reinaba y se ubicó al lado del lote de Peldar. Primero estaba sobre la vía 40 y hace cinco años construyó su casita sobre la carrera 82.


En su niñez, allá cuando recorría las  polvorientas calles de Plato, Magdalena, con sus amiguitos, cada uno evocaba sus sueños y el de él era ser marinero para recorrer los mares  del mundo.


Y poniendo a prueba su creatividad, Carlos hizo una piragua y en el centro construyó su casita.


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