Editorial

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El Concejo de Barranquilla no aprende ni a golpes

Tanto rejo que se le ha dado al Concejo por la falta de dinámica, por la apatía para ejercer su principal obligación como lo es el control político y nada que aprende.

Le falta voluntad para realizar con mejores resultados su misión como ente coadministrador del Distrito. Cada día se hunde más su imagen ante la comunidad. Y la lista de fallas es todavía más larga.

Esta semana ocurrió un episodio muy criticable. Se convocó a distintos sectores de la comunidad para que, conjuntamente con los concejales, se debatiera y analizara a fondo el preocupante tema de la alta tasa de consumo de alcohol y alucinógenos. Es bastante preocupante el avance de estos consumos, en especial por parte de la juventud, que es fácil presa de los degenerados expendedores de coca, bazuco, marihuana y las famosas ‘pepas’ enloquecedoras.

Resulta que el debate fracasó porque el concejal convocante, Rubén Marino Serge, no asistió a la sesión. Dejó a la concurrencia con los crespos hechos. Con toda razón Luis Zapata Donado, “el más experimentado de los concejales” según el editor político de El Heraldo, José Granados Fernández, criticó la falta de voluntad para hacer exitosa la reunión. “Aquí no hubo debate”, dijo en tono airado Zapata.

Dada su veteranía en el Concejo, Zapata sabe más que nadie que, por esos tontos episodios, es que dicha Corporación se ha ido desprestigiando ante la opinión pública. Desde luego, es un mal que recorre toda la geografía de Colombia. Se asegura que en algunos municipios y distritos hay concejos con mañas despreciables, como las de exigir a los respectivos alcaldes ‘recargas’ para aprobarles proyectos de Acuerdo clave. La tal ‘recarga’ no es más que una fuerte suma de dinero que debe reunirle la administración a cada concejal para aprobar el proyecto.

Del mismo modo se comenta que en varias ciudades de primer nivel, en donde cada concejal goza de $20 millones mensuales para contratar profesionales calificados para unidades de apoyo, los concejales acuden a dos o tres calanchines que firman planilla, cobran la remuneración, pero tienen que darle al patrón concejal el 70 por ciento del pago recibido. Esa es la Colombia que hay que cambiar.

Por lo menos en Barranquilla no se ha llegado, que se sepa, a esos extremos de marrullerías. Pero sí es necesario que el Concejo cambie. Que haga sus debates con disciplina, altura y contundencia. Que ejerza, de verdad, el control político. Por supuesto, que cumpla lo que le ordena la Constitución y la Ley, de actuar como ente coadministrador, lo cual significa el aporte de proyectos e ideas inteligentes, creativas y positivas para el mejor estar de la comunidad que los elige confiada en que van a actuar con honradez y decoro.

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