La historia de un ‘Príncipe’ que dejó a ‘El Chino’ detrás de una carretilla

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A sus 70 años, Roberto ‘El Chino’ Sánchez padece un drama laboral: pasó de trabajar en un carro e’ mula a hacerlo con una carretilla.
Por Francisco Figueroa Turcios
Con siete décadas a cuestas, le es más dispendioso ganarse el pan para él y su familia. Desde hace ocho años tiene que emplear todas sus fuerzas para empujar una carretilla fabricada por él mismo. Queda molido después de empujar y empujar toda la jornada. 
Hace ocho años cambió su forma de rebuscarse cuando unos ladrones le robaron su burro cholo, a quien ‘El chino’ llamaba «El Príncipe».
«No soy reciclador -advierte ‘El Chino’ Sánchez-, me gano el sustento de mi familia prestando servicios, antes con mi carro e’ mula y ahora con la carreta, llevando materiales de construcción. Puedo asegurar que mi vida cambió negativamente cuando sucedió el robo de mi burro, por dos motivos: me redujo en un 70% mis ingresos, con el carro mula me ganaba diariamente un promedio de cincuenta mil pesos, ahora de vainas llego a 20 mil; y la parte de salud, porque a mi edad empujar esta carretilla, con estos soles caniculares, me agota muy rápido». 
‘El Chino’ atiende especialmente a los clientes de la ferretería «El Triángulo», que está ubicada en el barrio San Salvador. Su área de trabajo se amplía a los barrios La Floresta, Siape, San Marino y las Tres Ave Marías. «En cada trayecto debo descansar muchas veces al día y al hacer mucha fuerza me expongo a una hernia. Ya no puede hacer esas carreras largas».  «Mi mujer -continua narrando ‘El Chino’- me decía: ‘tu quieres más a ese burro que a mí’, porque yo lo tenía pechichón. Apenas que me levantaba, antes de hacer el tinto atendía a ‘El príncipe’, le daba agua y una buena alimentación».
‘El Chino’ le variaba la comida a su burro. Una veces le daba zanahoria, otras melaza, arroz o hierba. Por esos cuidados le dio tan duro su pérdida. «Estuve varios dias con depresión, era la  base de mi trabajo, pero tuve que salir adelante y fabriqué una carretilla». Intuye que a «El Príncipe» se lo robaron para matarlo y vender la carne en el mercado público o fabricar salchicha. Estaba gordo y todo el mundo tenía que ver con él.
En el sector de Barranquilla donde trabaja, todos lo conocen. Tiene pinta de cubano, usa permanentemente cachucha y sus camisas son al estilo caribeño. Luego de cada ardua tarea regresa a su casa en Soledad 2.000, en la otra punta de la ciudad.
Como muchos hombres de la tercera edad en Barranquilla, ‘El Chino’ no pudo acceder a cotizar para disfrutar de una pensión. «No tengo otra alternativa sino continuar en la lucha del día a día. Tuve dos hijos, el varón vende agua en el Centro de Barranquilla y lo que se gana es para sus gastos personales; y la hembra vive con su marido. Cualquier día me encuentran muerto en la calle al lado de mi carretilla… los buenos soldados mueren de pié».
A medida que avanza empujando la carretilla, su relato se va perdiendo en la necesidad de trabajar hoy. A cada paso recuerda a su burro, cuánto le vendría bien tenerlo de nuevo para no sufrir. Se despide y sigue, como lo hacen los ‘hombres de hierro’.
 
Ver contenido anterior de la serie «Hombres de hierro»:

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