Diatriba contra la ignominia de llamarse árbol

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No voy a cometer el error de defender la existencia de mi nombre. Me tocaría defender la existencia de los nombres de todos los seres humanos. Esta diatriba la escribo contra la ignorancia del nombre de todo cuanto existe.

Un frondoso árbol americano está confundido. No entiende por qué esta tarde lo van a desmadejar para que una fábrica pueda hacer papel, en el cual se va a escribir un libro que los seres humanos llaman “diccionario”.

Un día, el abuelo del árbol le contó que él había podido leer ese libro llamado diccionario y encontró su nombre escrito con definición precisa: “árbol: planta perenne, de tronco leñoso y elevado, que se ramifica a cierta altura del suelo”.

El abuelo dijo entonces al árbol: “nieto, luego de leer esa definición prometí  nunca olvidar que mi nombre vale más que un tronco y su madera, más que el suelo y su raíz, más que ramas y su altura. Mi nombre es la vida misma de esta Tierra y, sin embargo, ni tú ni yo ni nuestros hermanos necesitamos ponernos nombres porque todos sabemos lo que hacemos y la razón de nuestro existir”.

El árbol americano está confundido porque escucha a los hombres que lo van a cortar llamarse por nombres distintos: Aníbal, Jefe, Estúpido, Juan. Eso no lo entiende porque aunque se pongan tantos nombres, ninguno parece saber cómo comportarse ante él, muchos años mayor que ellos y mucho más útil para la vida.

Árbol con cara humana

Una Torre de Babel

Poco a poco se fue acrecentando la Torre de Babel. Ya no importan sólo las lenguas, sino también los nombres. No es lo  mismo llamarse Jesús, aunque tenga más importancia para Cortázar que alguien se llame Ernesto. No imagino a un inocente alemán nacido  en este siglo agradecerle a sus padres por haberle puesto el nombre Adolf.

Los nombres empezaron a importar desde cuando surgieron entre los seres humanos las diferencias estelares. Es mejor llamarse Milán Piqué. O ser llamado, para respetar la semántica. Antes de ser Augusto fue Cesar Augusto, y antes Julio Cesar, y mucho antes Cayo Octavio Turino. No era lo mismo al principio que al final.

Nombre e identidad

Tuve un profesor que entro al salón el primer día de clases y sin decir su nombre anunció: “el objetivo es que al final de los próximos 6 meses ustedes aprendan a decir ‘mamá'”. Ese profesor me enseñó porqué sentimos que es más fácil recordar a alguien cuando sabemos el nombre. “Porque nos apropiamos de su identidad, le hacemos nuestro en el mundo, así sea para simplemente saber que es el portero de la empresa”.

Osea que allí está la razón por la que no ponemos nombre al árbol que luego vamos a cortar para hacer el papel de un diccionario. Sólo le llamamos árbol y no Pedro, ni Estrella. Lo llamamos árbol para saber que es un tronco de madera que podemos cortar. No le ponemos nombre porque es mejor que nada más que el ser humano – y sus mascotas – tengan valiosa identidad.

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Acerca del Autor

4. Jorge Mario Sarmiento Figueroa

Editor general de Lachachara.co y gestor de proyectos de la Fundación La Cháchara. Ejerce el oficio periodístico desde niño, combinado en la actualidad con la docencia universitaria, asesorías en comunicación para personas y organizaciones. También practica manifestaciones artísticas como la poesía, la pintura y la realización audiovisual. Email: jorgemariosarfi@gmail.com Móvil: 3182484320

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